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“Solo espera que no te duela, que no te des cuenta” 

  • Foto del escritor: Mario Alegre-Barrios
    Mario Alegre-Barrios
  • hace 16 horas
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 19 minutos


HASTA AQUÍ LLEGASTE, Mario, de este cuarto no sales vivo, pensé con el temor de quien se sabe suspendido entre la conciencia y la oscuridad. Te vas a morir, cabrón, y es tu culpa, por la irresponsabilidad con la que siempre manejaste tu diabetes y el daño a tus riñones. Wey, respira mientras puedas, ponte en paz con tu conciencia y solo espera que no sientas, que no te duela, que no te des cuenta.

 

Mientras escribo esto, justamente han pasado dos años desde que estuve casi muerto. Fue en la madrugada del viernes 9 de agosto de 2024 cuando llegué en ambulancia a la sala de Emergencias del Hospital Auxilio Mutuo, luego de una semana de estar muriendo de a poco y en silencio, con un fallo renal agudo y dos caídas en el baño —también secretas— por la debilidad en mi piernas, sin decirle nada a mi esposa, por esa manía de los silencios fraguados para no preocupar a quien uno ama, para evitar las malas noticias, en fin, por el afán infantil de posponer lo inevitable, de creer que ignorar un problema es una manera de hacerlo desaparecer.

 

Esa madrugada —poco antes de las 5 de la mañana— desperté a María. Por favor, llama a una ambulancia, tengo un paro renal, le dije, con el descaro del autodiagnóstico tan inequívoco como pospuesto. Ella reaccionó con un mezcla de angustia y una rabia que se prolongó por varias semanas, incrédula de que yo hubiera aguantado hasta ese instante para aceptar lo que ella imaginaba y que siempre enfrentaba mis evasivas y silencio. ¿Fuiste al médico? ¿Qué te dijo la nefróloga? Preguntaba ella una y otra vez. Todo en orden. Estoy bien, eran mis respuestas invariables, mentiras que ocultaban mis ausencias a las citas médicas por lo que ya dije: ignorar, posponer, evadir. Sabía que estaba mal y que el fallo renal era cuestión de tiempo, mientras pensaba que aún no, que un mes más, que para qué la preocupo ahora.

 

Recuerdo que llegaron los paramédicos, recuerdo que me subieron a la ambulancia, recuerdo el viaje desde San Lorenzo por el expreso con María siguiéndonos en su guagua. Recuerdo que a medio camino comencé a experimentar una sed terrible, como nunca la había sentido. Recuerdo que le rogué a la paramédica que me diera un poco de agua. No puedo darle nada de beber, hasta no saber lo que tiene, dijo. Solo una poca, por favor, insistía yo. No, lo lamento, sin saber qué tiene, no puedo. Por favor una poca… Transó por darme una gaza humedecida…. Chúpela, es todo lo que puedo darle.

 


Llegué al hospital casi inconsciente. Recuerdos muy vagos, brumosos… las luces blancas de los pasillos pasando sobre mí, las voces de enfermeros y médicos. De pronto nada, un vacío absoluto. Me dicen que llegué casi muerto. ¿Tiene hijos?, le preguntó el médico de guardia a mi esposa, quien se estremecía por el llanto. Sí, respondió. Pues llámelos. Llegó la doctora Nivia Cruz, mi nefróloga. Le dijo a María que los valores de mis análisis de laboratorio no eran compatibles con la vida: fallo renal agudo y una severa acidosis metabólica, a la lo que se sumaron fallos cardíaco y respiratorio. Lo vamos a dializar, pero no se los aseguro, advirtió. Llegó también Mario, mi hijo. La doctora les aconsejó que llamaran a Analía, mi hija (que vive en Fort Collns, Colorado), para ver si le daba tiempo de llegar para despedirse.

 

Me cuentan que me intubaron y que me amarraron a los barandales de la cama para que no me quitara el tubo. Me dializaron a través de un catéter en la ingle como a las 4 de la tarde, en intensivo. Desperté amarrado aun sin saber la hora que era, pero ya sin el tubo. Lo rompí con los dientes. El cuarto era gris y en las paredes mi imaginación formaba figuras grotescas que me obligaban a cerrar los párpados en un suplicio y una soledad que me parecieron interminables.

 

Esa eternidad duró dos días. Dicen que soy un milagro. Intento creerlo. El domingo por la mañana ya estaba totalmente despierto, sin ataduras. Me dializaron de nuevo y por la tarde ya estaba sentado en mi cama, conversando con mi esposa y mis hijos. Al día siguiente me enteré de la sentencia: te vas a tener que dializar por el resto de tu vida. Se me cayó el mundo… Dos semanas estuve en el hospital, hasta que me consiguieron un centro de diálisis cerca de mi casa y a donde voy martes jueves y sábados para que me conecten a una máquina por 3 horas y media. Los primeros meses fue a través de un catéter en mi clavícula derecha que me impidió bañarme normalmente hasta abril del año pasado, porque esa conexión puede infectarse con facilidad y no debe mojarse. Mientras, me hicieron una fístula en el brazo derecho que, luego de madurar, es por donde desde entonces me purifican la sangre, con dos agujas que parecen arpones, una conectada a una arteria y la otra a una vena.

 

Hice las paces con eso. Pienso que 12 horas a la semana en Atlantis —el centro de diálisis— y los efectos secundarios del proceso son un precio relativamente bajo para seguir con vida. Ahí me atienden muy bien, con mucho cariño y empatía, sentimientos que son recíprocos de mi parte para los enfermeros, enfermeras y el resto del personal que ahí trabaja, al igual que para mi nefrólogo, el doctor William Jorge. Son como familia, al igual que algunos de los colegas-pacientes que tenemos en ese lugar nuestra conexión con la funcionalidad que nos permite seguir en el mundo. Asimismo, mi profundo agradecimiento a todos los médicos y enfermeros del Hospital Auxilio Mutuo que hace dos años me salvaron la vida y a todas las personas que donaron sangre y oraron por mí.

 

Solicité entrar a la lista de trasplante. Unos estudios a principios del año pasado revelaron que tenía un tumor en el riñón derecho. Cáncer. Me lo extirparon en agosto del año pasado (mil gracias a los urólogos ponceños Claudio Bernaschina y Giovanni González). Ahora estoy en proceso de ser considerado para estar a la lista de candidatos a trasplante en el Auxilio Mutuo. No me ilusiono mucho. A ver qué pasa. Como dicen en México: lo que está pa ti, aunque te quites; lo que no está pa ti, aunque te pongas.

 

Y sigo aquí. Ya veremos qué sucede. Cultivo la esperanza... por quienes me quieren... y un poco también por mí, sin excesos. Un día a la vez.



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