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El Nuevo Día y un adiós a lo que fue

Foto del escritor: Mario Alegre-Barrios
Mario Alegre-Barrios
hace 2 horas
3 min de lectura

DEJEMOS CLARO UN HECHO irrefutable: con el cese definitivo de sus ediciones impresas, El Nuevo Día no está “dando el salto al mundo digital”. Eso comenzó a hacerse desde finales de los 90 del siglo pasado y se consolidó durante el primer lustro del presente, en una transición que fue erosionando inexorablemente los ingresos por anuncios en papel y redujo a END a una sombra de lo que fue en sus mejores días, aun al principio de la era digital.


Con esta decisión, GFR Media está siguiendo el único camino que le queda para continuar siendo, de alguna manera, parte del quehacer periodístico de Puerto Rico, en una batalla contra infinidad de medios digitales y muy lejos de ser la publicación de referencia que alguna vez fue. Un declive que viví como parte de un equipo que fue desapareciendo poco a poco, primero con la eliminación por completo de la mesa de corrección, después con ventanas periódicas de retiro para editores y periodistas —mayormente los más veteranos y caros—, para sustituirlos por recién egresados de las dos escuelas de periodismo (IUPI y Sagrado Corazón), una mano de obra mucho más barata, menos especializada y sin las prestaciones de sus predecesores.


La megarredacción que comenzó a construirse en su inmensa sede en la primera década de este siglo nunca se completó, con cables, lámparas y los conductos de los acondicionadores de aire a la vista de propios y extraños, hasta que finalmente fue alquilada como base de FEMA, luego del paso del huracán María. Los reporteros de su mermada plantilla comenzaron a trabajar a distancia, con las asignaciones referidas por sus “editores” por teléfono o correo electrónico, con poco o ningún espacio para la discusión y la mentoría.


Cada cual evocará su relación con END según sus circunstancias, desde adentro o a la distancia, como fue mi caso, primero como lector externo, doméstico, a partir de 1977, cuando llegué a Puerto Rico desde México, y más tarde, desde mayo de 1989 hasta junio de 2013, como periodista y editor, sin duda la mejor época profesional de mi vida, tanto como escritor de temas culturales como editor de esta sección y la de noticias internacionales, hasta finalizar como editor de cierre y lector del ahora extinto “mojadito”, de los primeros ejemplares aún húmedos que salían de la prensa al filo de la medianoche para detectar posibles errores y corregirlos antes de la impresión completa de la edición.


Nunca —en los 24 años que tuve a END como mi segundo hogar— mi llegada a la Redacción fue realmente un trabajo, sino una fuente inmensa de placer y motivo de orgullo, como parte de un grupo de grandes profesionales. Salvo raras excepciones (dos o tres), todos ellos se fueron. Cuando me abrieron la puerta para irme en el 2013, el periódico impreso ya había dejado de tener 120 o 130 páginas para convertirse en ediciones con una tercera parte de ese volumen, mientras la redacción era guiada por un mantra que sus directores chilenos tenían la misión de inculcar: “Más noticias que den clics, señor Alegre, que lo que usted escribe no atrae a las masas”. O sea, vende más la noticia de la “creadora de contenidos” que se agrandó los senos que una entrevista a un Premio Nobel de Literatura. Y así es. Esta es la sociedad que tenemos.


Así, poco a poco, la cultura que nos servía de brújula comenzó a desdibujarse y los criterios editoriales se rindieron a ese mandato, con el problema de que ni siquiera así los administradores y directores lograron equiparar en el mundo digital los ingresos por anuncios que alguna vez rindió la publicidad impresa.


La circulación comenzó a caer en picada y la hora de cierre se adelantó. No más noticias de última hora en el papel, sino mayormente una repetición glorificada de lo publicado ya el día anterior de manera electrónica. La lectoría de El Nuevo Día se puso vieja y las nuevas generaciones ni por accidente miran un periódico impreso (de hecho, yo dejé de hacerlo desde hace 13 años).


Este final se veía venir y no por esperado es menos triste. A El Nuevo Día y a la familia Ferré (primero a don Antonio Luis y luego a sus hijos Luis Alberto, María Luisa y María Eugenia) muchos les debemos lo que hicimos y somos como periodistas. A ellos, siempre mi más profundo agradecimiento. Pero, de la misma manera, El Nuevo Día —y Primera Hora, donde mi hijo trabajó— nos deben lo que ambas publicaciones fueron en sus mejores días. Mis condolencias a quienes sin trabajo se quedan.


Gracias mil. Estamos en paz, sin deudas ni resentimientos. Así se lo dije a Luis Alberto cuando me reunió en junio de 2013 para decirme que tenía que despedirme, como parte de esas ventanas de retiro. Mil gracias también también a los colegas que conmigo trabajaron en la época dorada de El Nuevo Día.


Ellos y ellas saben quiénes son.

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