Somos los Ășltimos invitados a los funerales de este quehacer humano que vive de contar
- Mario Alegre-Barrios
- 19 jun
- 4 min de lectura
Actualizado: 16 jul

JURO POR TODOS los dioses de todas la religiones del mundo que esto que estoy escribiendo justamente en este momento estĂĄ siendo escrito por mĂ, un ser humano de 69 años, periodista desde hace casi 4 dĂ©cadas, y no por un chatboot, esos bichos de la inteligencia artificial. SĂ© que igual podrĂa decir alguna de las decenas de aplicaciones de AI que inundan de manera silvestre las casi infinitas avenidas del mundo cibernĂ©tico, pero confĂo en que me crean sin tener que recurrir âcomo me dijo alguien muy cercano esta mañanaâ que si incluyo algunas faltas de ortografĂa, un lector agudo podrĂa deducir con alguna certeza que hay una mano y un conciencia humanas detrĂĄs de estas palavraz. No, no le hise cazo.
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De la misma manera que un artĂculo de The New York Times sobre AI me moviĂł el piso hace unos 15 años, esta mañana un texto en The Economist sobre el mismo tema me hizo recordar aquel episodio que derivĂł en una columna de opiniĂłn en El Nuevo DĂa
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 Aquel artĂculo llevaba por tĂtulo âÂżCĂłmo sabrĂas si esto que lees fue escrito o no por un algoritmo?â. ÂĄBooom! Recuerdo que se me enfriĂł el cafĂ© mientras leĂa cĂłmo ya en esos dĂas una cantidad enorme de lo que se difundĂa en los medios de comunicaciĂłn era creado por algoritmos, es decir, por computadoras alimentadas por complicadĂsimos programas que sustituyen la tradicional imagen del periodista tecleando con frenesĂ sobre su laptop.
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La nota en cuestiĂłn elaboraba lo que entonces ya se sabĂa y que ahora forma parte fundamental de las nuevas generaciones y buena parte de quienes âsin ser jĂłvenesâ se han convertido en âhomo digitalesâ in extremis: la ecuaciĂłn que explica este fenĂłmeno es simple: por un lado, el voraz apetito de contenido de la sociedad contemporĂĄnea gracias a la masificaciĂłn abrumadora de los dispositivos digitales; por otro, una tecnologĂa que se transforma casi a la velocidad de la luz.
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El autor terminaba con un tono mordaz, casi cĂnico: âPero de nuevo, Âża quien le importa? â, decĂa. ÂżQuiĂ©n tiene tiempo de pensar en esto cuando hay tanta informaciĂłn para consumir todos los dĂas?â.
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Esta mañana, en The Economist, Will Marshall âfundador y director ejecutivo de Planet Labs PBC, una corporaciĂłn de beneficio pĂșblico que opera la mayor flota de satĂ©lites de observaciĂłn de la Tierra del mundoâ publicĂł un artĂculo que titula âLa Humanidad no estĂĄ lista para la explosiĂłn de inteligencia que se avecinaâ y elabora, como introducciĂłn, que la sociedad establece que el riesgo aceptable de una fusiĂłn catastrĂłfica en una planta de energĂa nuclear es aproximadamente de una entre un millĂłn.
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âLos expertos en inteligencia artificial estiman que el riesgo de un evento catastrĂłfico causado por la IA se sitĂșa entre un 10 % y un 50 %â, dice. âResulta llamativo que esta preocupaciĂłn sea expresada abiertamente por las mismas personas que tienen los mayores incentivos para transmitir confianza en lugar de alarma: los fundadores de los principales laboratorios de inteligencia artificialâ.
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Asimismo, establece que se anticipa que pronto las inversiones en inteligencia artificial superen en cien veces las realizadas en el Proyecto Manhattan âque culminĂł con la bomba atĂłmica que puso fin a la Primera Guerra Mundialâ , incluso ajustando por inflaciĂłn, mientras que el gasto destinado a la seguridad de la IA podrĂa ser cien veces menor.
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Otro dato no menos escalofriante: algunos investigadores estiman que, en un plazo que podrĂa ir de unos meses a unos pocos años, la IA podrĂa alcanzar lo que se conoce como mejora recursiva autĂłnoma de circuito cerrado (RSI, por sus siglas en inglĂ©s), que no es otra cosa que su capacidad de reescribir su propio cĂłdigo para volverse mĂĄs capaz, sin intervenciĂłn humana.
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De suceder esto, con toda probabilidad se enfrentarĂa una explosiĂłn de inteligencia para la cual no existe precedente ni mapa que nos guĂe.
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Como fĂsico, Marshall piensa que la llamada Paradoja de Fermi tiene relevancia para este anĂĄlisis. âFermi se preguntĂł âdiceâ por quĂ©, dada la aparente abundancia de planetas aptos para la vida, no se habĂa detectado evidencia de otras civilizaciones tecnolĂłgicamente avanzadas. Una posibilidad inquietante es que la vida inteligente alcance de forma rutinaria un umbral tecnolĂłgico que no logra superar, destruyĂ©ndose a sĂ misma o retrocediendo a una etapa comparable a la Edad del Hierroâ.
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Y en este punto es donde estamos âdonde estoyâ, tratando de imaginar lo que hasta hace unos años parecĂa ser algo de ciencia ficciĂłn o si acaso muy lejano: un mundo a merced de las maquinas orquestadas de manera previsiblemente infalible por la inteligencia artificial.
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Para los mi generaciĂłn y la que sigue seguramente esto serĂa algo sobrecogedor, quizĂĄ mĂĄs allĂĄ de la capacidad de adaptaciĂłn de muchos, pero al final uno acepta y sigue hasta donde se detenga la rueda, que ya vividos estamos y poca cuerda nos queda, pero⊠¿y mis hijos? ÂżY mis nietos ÂżY mi esposa? ÂżY la gente joven que me importa?
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Cada dĂa me convenzo mĂĄs de que somos los Ășltimos invitados a los funerales de este quehacer humano que vive de contar, mientras pienso en esos entes a quienes hemos entregado lo que tanto nos define en este brevĂsimo suspiro de nuestro paso por el Universo.
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Y reitero: juro por todos los diosees de todas las religiones del mundo que esto no fue escrito por una AI.
