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El rincón de Eileen...

QUERÍA SER UN pintor famoso y se considera artista aunque la vida lo ha llevado por otros rumbos. Esa espinita todavía la lleva por dentro y sabe que en algún momento, va a retomar sus pinceles y óleos. 

TENÍA QUE LEER el periódico todos los días, específicamente El Imparcial. Su abuelo la obligaba, porque con ello -le decía- “sería una mujer inteligente y buena lectora”. Así la niña Linda Hernández comenzó a tener una gran pasión por el periodismo y las comunicaciones. De hecho, recuerda que a temprana edad ya aseguraba que “quería ser periodista”. 

TENÍA APENAS 14 años cuando despertó una mañana en su hogar, a veinte minutos de Lyon, en Francia, y le dijo a su madre que no quería volver a la escuela, que quería ser cocinero. La primera reacción de ella fue -según cuenta- darle dos bofetadas, pero su carácter fuerte lo ayudó a mantenerse firme en lo que quería y en lo que lo haría feliz. 

LE ENCANTABA pintar y soñar. Recuerda que hacía dibujos y paisajes en su clóset, despertando así esa vena artística que lo ha llevado hasta donde está hoy. Próximo a cumplir 30 años de exitosa carrera en el campo de la ambientación y decoración de eventos, Javier Martínez asegura que su disciplina ha sido fundamental en el proceso.

AUNQUE nació el Día Internacional del Chocolate, un 7 de julio, de pequeña no era muy amante a comerlo. De familia libanesa, en su casa era más común comer fruta que postre. Pero eso cambió radicalmente cuando conoció a Ignacio Cortés. Cuando se casaron fueron a vivir a República Dominicana -donde está la materia prima del chocolate de la familia Cortés y donde se dedicó a ser mamá de sus tres varones- y su esposo regresaba a casa a diario “impregnado del olor del chocolate”.

DON TOMMY MUÑIZ se sentía muy orgulloso del trabajo que su hijo Rafo hacía tan temprano como a los nueve años, pero la verdad era que no le encantaba la idea de que el muchacho se dedicara por el resto de su vida a ese mundo del arte y el entretenimiento que consideraba “tan corrupto”.

AMBOS ESTÁN convencidos que sus carreras se fueron encaminando desde temprana edad gracias al ejemplo de sus padres. Sus vidas están ancladas a unos valores de familia muy fuertes. Y cuando una amiga mutua quiso que se conocieran “porque tenían cosas en común” no estaba para nada lejos de la realidad. Eran compatibles en eso y más…

COMENZÓ A sentir el barro en las manos en el taller de su madre, la ceramista Pilar Romera. Allí empezó a enamorarse de las artes plásticas y el diseño, mientras se ganaba unos dólares -como un empleado más- y terminaba su bachillerato en administración de empresas.

ERA MUY PEQUEÑA cuando ya llamaban su atención todos los detalles de diseño que tenía su casa en Cuba. Fue diseñada por el arquitecto Max Borges y le encantaban, por ejemplo, la escalera secreta que iba del garaje hasta la oficina de su papá, y también el ventanal donde se paraba el perro para recibirlos. Ahí fue entendiendo lo que era desarrollar un concepto, lo que era crear espacios especiales.

ERA EN ÉPOCA de vacaciones cuando aprovechaba que su mamá se iba a trabajar para cambiar el color de las puertas, reestructurar el jardín, arrancar alfombras y cambiar todo de posición en la casa. Ya la creatividad y el arte rondaban por su cabeza y el niño Emilio Olabarrieta sentía la necesidad de dejarlas salir. 

TENDRÍA POCO más de ocho años cuando comenzó a usar “una cámara bien buena, análoga, con sus lentes y todo” que tenía su papá en casa. Como vieron la pasión que tenía por la fotografía, la matricularon en clases de la Liga de Arte y desde entonces, Zuania Muñiz no ha hecho otra cosa que presionar el obturador.

EL GUSTO POR la moda y el diseño le corre por las venas. Por un lado, una de sus hermanas crecía inmersa en el ballet clásico, mientras que la otra hacía lo propio con la pintura. A la par, su hermano y él disfrutaban mucho de participar en todos los ‘talent shows’ de la escuela e iban junto a su papá a ver piezas como Pedro Navaja. Como si fuera poco, su abuelo paterno era diseñador de moda.

Adrián Villeta y su poesía fotográfica

COMO SI SE tratase de un libro, Adrián Villeta ve su vida dividida en capítulos, cada uno con un principio y un final, con unas páginas más memorables que otras, con unos momentos que le marcaron el camino sin darse cuenta y que lo llevaron hasta donde está hoy, dedicado por completo a lo que le apasiona. 

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