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  • Mario Alegre-Barrios

Un parteaguas para el mundo: antes y después del virus



SIEMPRE HE TENIDO la certeza de que escribir para algo sirve -no por nada ha éste sido mi modo de navegar la vida desde muy joven- más que por un fin eminentemente utilitario, porque para mí es la manera que mejor conozco de adentrarme en esa otredad que comienza justamente en la frontera hasta la que mi perpetuo monólogo interior me lleva.


Los que nos dedicamos con pasión y reverencia a esto -más allá de la calidad de nuestros textos- escribimos incluso cuando no lo hacemos, imaginando siempre cómo ordenaríamos estos pocos signos de manera coherente ante cualquier experiencia por más banal que parezca, alternándolos y agrupándolos aquí y allá hasta formar palabras y, con ellas, frases y oraciones, párrafos y páginas, en fin… siempre con el afán -nunca satisfecho del todo- de que lo expresado sea lo más fiel posible a las ideas que fueron su génesis.


En esa búsqueda perpetua está -al menos para mí- la esencia de este oficio que comencé vivir de manera consciente hace ya casi medio siglo y cuya encanto sigue incandescente al cabo de todos estos años, sin declinar ni ponerse mustio, siempre presto a ser mi compañía y mi mejor maestro en esta única e irrepetible aventura que nos plantea cada día que pasamos en este mundo que hoy parece más pequeño que nunca antes, arropado por ese manto fantasmal bordado con las puntadas del nuevo virus que nada sabe de razas y geografías y que sin duda ya ha establecido un parteaguas en nuestra historia moderna que, a pesar de sus abreviaturas, nada tiene de bíblico y tampoco se relaciona con la famosa banda de rock: a.c. y d.c. Antes y después del covid-19.


No cabe duda de que en tiempos recientes nos hemos tenido que acostumbrar a que la vida nos cambie a cada rato, a veces bastante, con gran drama, sin la certeza clara de la dimensión de esas transformaciones y tampoco si es por un rato, por buen tiempo o para siempre, mientras pensamos con resignación -o maldecimos con todas nuestras vísceras, según el humor- en la famosa máxima que pregona que lo único permanente es el cambio.


Lo que estamos viviendo globalmente desde hace unas semanas -y que se singulariza para nosotros en la cuarentena impuesta localmente a partir del lunes pasado- rebasa por mucho lo que solo los más pesimistas pudieron haber imaginado: que nuestra realidad pareciese ser el argumento de una de esas trilladas películas apocalípticas en la que un virus -o un meteorito- pone en jaque la vida en este único planeta que tenemos.


Durante las pasadas semanas hemos escuchado, visto y leído todo lo que es cierto y deberíamos saber del ultratrendig virus -y también todo lo que no es cierto y menos deberíamos saber de él- en un proceso tan intenso como drenante, cada uno de nosotros desde nuestras respectivas circunstancias enmarcadas en dos grandes espacios: el profesional y el personal, ambos con sus derivaciones y con todas sus inherentes y coexistentes complejidades.


De una u otra manera todos hemos acudido a nuestro baúl de recursos para enfrentar la situación, no solo desde el punto de vista de la salud -con la higiene y la prevención desde el aislamiento como primera línea de infantería- sino también en el aspecto emocional -quizá el más desafiante, y complicado- cuyo impacto puede ser tan o más profundo que el del virus mismo, debido a la incertidumbre, el miedo y el sentimiento de indefensión que enmarcan el transcurso de estos días que a todos nos toca vivir.


En momentos como estos, leer cualquier diario, escuchar o ver noticiarios y navegar en las redes sociales pude ser un acto realmente temerario para quienes son de carácter frágil, suelen ser presa fácil del pesimismo o padecen de hipocondría.

Aunque en lo personal no creo responder a alguno de esos rasgos, lo cierto es que he tratado de reducir a lo estrictamente necesario -y solo por razones de trabajo- mi tránsito por los mencionados espacios. En verdad que no creo estarme perdiendo de gran cosa, en verdad que no, mientras busco en esa distancia el centro y esa calma tan necesaria cuando lo que abunda en el entorno es tanto ruido, con titulares apocalípticos y ese evidente sensacionalismo en la forma de abordar cualquier historia, estrategias infalibles para obtener más clics, nada menos que oro molido para ciertos medios masivos de comunicación en las circunstancias actuales.


Esto lo comencé a escribir al atardecer de ayer -cuarto día del toque de queda- y por aquí iba cuando intenté retomarlo esta mañana, no sin antes darme cuenta de que no iba a poder decir mucho más en el mismo tono, porque hoy la isla me duele un poco más que ayer, no por ninguna de las personas que pudiesen estar leyendo esto ahora -que no son tantas- sino por esos a quienes la empatía y el civismo les es algo ajeno, en especial cuando lo que enfrentamos no es -para ellos y ellas- otra cosa sino terreno fértil para hacer gala de su imbecilidad y egoísmo.


A estas alturas de la emergencia ya todos deberían saber qué hacer para navegar con cierto sosiego a través de estos días de tanta incertidumbre.


Sí, ésta es una nueva era: a.c. y d.c. Quienes crean, orarán con todo el fervor posible; los que no, confiaremos en que esas oraciones sean escuchadas.

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