• Mario Alegre-Barrios

Algo de lo que el virus nos roba

Actualizado: mar 26



ES CASI EXACTAMENTE igual que hace dos años y medio, luego del paso del huracán: un sentimiento similar de estupor y aturdimiento ante la devastación, algo parecido al desasosiego ante la incertidumbre, algo como la desesperanza ante la magnitud de aquella catástrofe en la que los días perdieron sus nombres y -durante varias semanas- nos sentimos desconectados del mundo desde nuestro devastado insularismo.


Digo “casi exactamente” porque es obvio que lo que vivimos ahora no es igual a lo de María, cuando -mal que bien, al ser algo eminentemente local- nos quedaba el consuelo de que -al otro lado de las imágenes y anécdotas de nuestra propia tragedia- había un mundo “normal” y “funcional” del que alguna respuesta podría venir. Lo de este virus no es así. Lo sabemos demasiado bien y quizá sea esto lo que más perturbador lo vuelve: saber que todo el mundo -todo- está igual o peor que nosotros -pensemos en Italia, por ejemplo- y que no hay plazo para recuperar esa -hoy bendita- rutina de la que muchos tanto suelen quejarse y por la que hoy cualquiera vendería gustosamente al diablo algunos de sus días.


Y aunque no es igual, hay cosas que se repiten, en especial esa transformación de la noción que tenemos del tiempo, con días cuyos nombres se empiezan a difuminar para confundirse en lo que se ha convertido en un continuo denso e indefinido, simplemente con periodos alternos de luz y oscuridad, sin que se vislumbre un puerto en el que la rutina vuelva a ser lo que era hasta hace unas semanas, con abrazos y besos, ruido urbano, tapones, reuniones, conciertos, misas -para quienes creen- deportes y chinchorreo, o -simplemente- momentos para abrazar a quienes en estos momentos no podemos -yo, a mis hijos, a mis nietos, a mis amigos- o una mañana para correr hasta jadear y mirar ese sol y ese mar que hace tanto -parecería- que no veo.


No estoy escribiendo nada que alguien -a su manera, claro- no haya escrito ya durante los pasados días, lo único distinto es que éste soy yo y nadie más, con ese equipaje casi demasiado conocido por mí -y dijo “casi”- de vivencias, de experiencias, de reflexiones, de recuerdos de ilusiones que -lejos de eclipsarse- se exacerban con las situaciones extremas con las que la vida se ha encargado de recordarme durante los últimos años que nada debo dar por sentado, que esta etapa de mi vida no tenía por qué estar exenta de tribulaciones y de que no hay razones para que apueste a ello.


Saldremos adelante, dicen, y me uno a la esperanzadora declaración: sí, saldremos… pero ¿a qué precio? y -sobre todo- ¿cuánto aprenderemos?, no por mí -de verdad que no- sino por los que nos siguen… por mis hijos y mis nietos, por los de todos. La pregunta es tan vieja como los “baby boomers” lo somos: ¿qué mundo les estamos heredando a los que nos siguen? Sí, la cuestión ha sido urgente durante las últimas cinco décadas, pero nunca tanto y tan dramática como ahora. A ver, ¿qué mierda de mundo les estamos dejando a los que nos siguen?


Esto de estar en cuarentena hace más compleja la tarea -o ayuda, según se vea- de aproximarse, no solo las causas, sino también las respuestas a esta emergencia mundial. Lecturas van, lecturas vienen; podcasts, vídeos y chats; los sabelotodo de las redes sociales; los inteligentes y los pendejos; los cínicos y los iluminados; los prudentes y los alarmistas; los optimistas y los apocalípticos… en fin, una variedad más que compleja y pintoresca de “opinionólogos” y pseudo reporteros nativos de la era digital que alimentan la insaciable voracidad de un mundo igualmente hambriento de información -fidedigna o no- que responda a su obsesión compulsiva de encontrar algo nuevo cada vez que desbloquean la pantalla de su smartphone de última generación.


Escribo esto y me detengo ante la súbita conciencia de esta sincronía entre el virus que nos esta jodiendo la vida y lo que plantea la orwelliana realidad de esta modernidad cibernética, en la que el mundo cabe en una pantalla en la palma de la mano y nada de lo que ocurre en las antípodas es ajeno para nadie.


¿Qué ha ocurrido en el planeta a escala molecular -la esencia de todo lo que físicamente existe, regulado por las leyes universales de la física- para que, justamente ahora, esta pandemia tenga de cabeza al mundo? Esto no es obra del azar -dicen los que saben-, sino consecuencia directa de sabrá Dios qué combinaciones moleculares en ese universo infinitamente pequeño en las que -no es descabellado pensar- el ser humano ha tenido mucho que ver por el daño que le ha infligido al medio ambiente y, con ello, a todos los ecosistemas de este único planeta que tenemos.


El virus -aunque muy peligroso- no es necesariamente mortal. Hay sectores de la población más vulnerables -entre las que estoy- y el llamado ha sido siempre a la prevención, con una rigurosidad que ha venido en aumento y que es inherente a la gravedad de la situación. A nosotros -cualquiera que esté leyendo esto- ciudadanos comunes, sin la preparación o el rango para hacer otra cosa, solo nos queda eso: prevenir, observar rigurosamente la cuarentena y la higiene, evitando cualquier visita y -menos aun- el contacto físico con otro ser humano, quienquiera que sea.


ASÍ DE SIMPLE… más allá de eso, nada, excepto -por ejemplo- descubrir en nosotros nuevos y más amplios confines para la paciencia, para la empatía, para la curiosidad; nuevas maneras de acariciar y besar a quienes queremos -con la mirada, por ejemplo, con la imaginación- reencontrarnos con nuestras memorias, con nuestros mejores recuerdos, y escribirlos antes de que se nos olviden. Leer. Nunca un mejor momento como el actual para hacer todo eso. También es necesario enfrentar el miedo. Reconocerlo y comprender que es parte de todo esto, incluso para el más valiente, y entender que está bien sentirlo, pero sin cederle el control de lo que somos y de nuestra intención de superar esto, fortalecidos y con nuevas herramientas para la vida.


Quizá el huracán fue una escuela. Para mí, dentro de todo lo malo y devastador que tuvo, fue una lección mayor. A ratos me siento como en los días después de María, hace exactamente dos años y medio… a ratos no sé qué día es, siempre con la necesidad inmensa de abrazar a mis hijos y a mis nietos, de visitar a mis padres, a mis hermanos, mientras pienso que este virus me está robando algo del tiempo que aún me queda aquí.


Ahora que lo escribo -reitero que escribir siempre sirve para algo- creo que me doy cuenta cabal de que esa es una de las grandes razones para la rabia que me da el covid-19: la certeza de que -además de las vidas de quienes lamentablemente no han resistido- a todos nos está robando un tiempo que ahora -en estas circunstancias- sabemos precioso y que -paradójicamente- sin este enclaustramiento- no percibiríamos así. Quizá esto tenía que suceder para que nos demos cuenta del valor que tiene cada día en el que podemos hacer al menos una de esas cosas que por ahora no podemos.


Día 10 de cuarentena…

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