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Nadine Sierra crea un oasis de sublime belleza

  • Foto del escritor: Mario Alegre-Barrios
    Mario Alegre-Barrios
  • hace 25 minutos
  • 4 Min. de lectura
La excelsa soprano se presentó triunfal el pasado domingo en el Conservatorio de Música.
La excelsa soprano Nadine Sierra se presentó triunfal el pasado domingo en el Conservatorio de Música de Puerto Rico.

EN LA TARDE del pasado domingo, mientras San Juan ardía luego de una semana consumido por el frenesí mediático y popular de las Fiestas de la Calle San Sebastián, ocurrió un milagro paralelo, íntimo y luminoso: en la Sala Jesús María Sanromá del Teatro Bertita y Guillermo L. Martínez del Conservatorio de Música de Puerto Rico, abarrotada hasta el último asiento, Nadine Sierra ofreció un recital que fue, en todos los sentidos, un oasis paradisiaco, un espacio de recogimiento, belleza y verdad musical en medio de tanto ruido.

 

Desde la primera nota del recital “Nadine Sierra le canta a Puerto Rico”, como parte de la serie “Grandes Artistas en el Conservatorio”, de Guillermo L. Martínez  y CulturArte de Puerto Rico, esta excepcional artista demostró las razones que la han llevado a ser una de las sopranos más célebres y solicitadas alrededor del mundo, con triunfales presentaciones en lugares como el Metropolitan Opera, la Ópera de Viena y La Scala, por mencionar solo algunos.

 

Tal y como dejo constancia en su primera presentación en Puerto Rico en febrero de 2023, Nadine reiteró que estábamos ante una artista de calibre excepcional, de esas que aparecen muy de vez en cuando. Canta como solo lo han hecho las grandes sopranos a lo largo de la historia: con sobreagudos que rozan lo sobrehumano, afinación impecable, ataques prístinos, proyección natural —nunca forzada— y una elocuente musicalidad, donde el agudo está siempre al servicio de la frase y jamás del efecto fácil. No hubo estridencias ni concesiones al aplauso gratuito, solo ese tipo de arte que refleja lo divino.

 

Nadine reiteró su gran agilidad y técnica tan sólida que le permite abordar los sobreagudos con pasmosa seguridad, elegancia y sentido musical. Hay sopranos con voces fuera de serie, otras con técnica impecable, otras con una capacidad interpretativa alucinante, otras que conquistan al público con carisma y cercanía, y otras que transmiten, con rara elocuencia, el gozo puro de cantar.

 

Nadine simplemente lo tiene todo.

 


Desde la primera aria, el público quedó a su merced. Abrió el programa con un juvenil y efervescente “Ah! Je veux vivre” de “Roméo et Juliette”, de Gounod, cantado con frescura, ligereza y un dominio absoluto del estilo. Le siguió un “Chi il sogno di Doretta”de “La Rondine”, de Puccini, de fraseo amplio y luminoso lirismo, donde la voz se desplegó con naturalidad sedosa. En “Son anch’io la virtù magica”, de “Don Pasquale”, Donizetti encontró en Sierra a una “Norina” ideal: pícara, elegante y técnicamente deslumbrante.

 

El pianista Jonathan C. Kelly fue un cómplice atento y sensible a lo largo de la velada que trascendió el papel de simple acompañante. Ofreció como interludio el “Preludio núm. 4” del Opus 23, de Rachmaninoff, interpretado con nobleza sonora y un sentido cantabile que dialogó con el espíritu del recital. De “Le Nozze di Figaro”, de Mozart, Sierra regaló un “Giunse al fin il momento… Deh, vieni, non tardar” de refinadas líneas vocales y exquisito control del tiempo expresivo. El cierre de la primera parte, con “È strano… Ah, fors’è lui… Sempre libera” de “La Traviata”, fue sencillamente electrizante: una lección magistral de estilo verdiano, virtuosismo y dramatismo contenido.

 

La segunda parte mostró la versatilidad camaleónica de la soprano. En “Me llaman la Primorosa” de “El barbero de Sevilla” de Gerónimo Giménez, brilló con gracia castiza y picardía escénica. “Melodia sentimental”, de Villa-Lobos fue un remanso de lirismo íntimo y remembranzas maternales, mientras que “I Could Have Danced All Night” de “My Fair Lady”, de Loewe, confirmó su dominio del musical clásico sin perder elegancia vocal. A continuación, Kelly volvió a deslumbrar con una bellísima y majestuosa versión de “Ante El Escorial”, de Ernesto Lecuona, cargada  de gran cromatismo, elocuencia y carácter.

 

Luego de lamentar su regreso de inmediato a la gélida ciudad de Viena y no poder disfrutar más del calor puertorriqueño, en “Summertime”, de Gershwin, Sierra ofreció una lectura contenida, sensual y profundamente musical.

 

Con “Estrellita”, de Manuel M. Ponce —cantada con delicadeza conmovedora—, y una divertida “Engenho Novo!”,  de Ernani Braga,  Sierra cerró el programa official, con exuberancia rítmica y vocal.

 

El recital fue más que música. Entre arias y canciones, Nadine conversó con el público con una empatía muy natural: habló de su familia, de sus abuelos, de su madre, de los orígenes de su vocación, de sus fuentes de inspiración. Cantó —y conversó— con ángel y desenfado.

 

EL primer encore, “Bésame mucho”, de Consuelo Velázquez, fue íntimo, sentido, profundamente humano. Siguió con una radiante entrega de “Vissi d’arte”, de “Tosca” y, antes de concluir —con una superlativa  versión de “O mio babuino caro”, de “Gianni Schicchi, de Puccina—, Nadine ofreció un emotivo testimonio de agradecimiento, admiración y respeto a la labor titánica de Guillermo y Bertita Martínez como promotores de la ópera y las artes en general en Puerto Rico, gesto que selló definitivamente la comunión con la audiencia

 

El público, de pie, con su gran ovación, dejó constancia de que había sido testigo de algo extraordinario. En medio del ruido de la fiesta exterior, Nadine Sierra le regaló a Puerto Rico una tarde de belleza sublime. Y eso, hoy, es un acto casi revolucionario.


(Esta reseña fue publicada originalmente en las ediciones digital e impresa de El Nuevo Día)

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