• Mario Alegre-Barrios

“El Bizcocho”: testimonio de excelente teatro

Actualizado: 21 jun


Eyra Agüero, Wanda Sais y Linnette Torres ofrecen -junto a Carlos Vega- unas actuaciones muy sólidas, absolutamente creíbles y con gran sensibilidad interpretativa.

EN EL MUNDO DEL teatro pocas cosas son tan complejas y demandan tanto arte como hacer reír de manera inteligente desde la seriedad de temas que hasta no hace mucho han sido tabú y cuya simple mención sonrojan a muchos y enfurecen a otros tantos, mientras todos ellos invocan a Dios y a la Biblia como estandartes infalibles de sus prejuicios.


Etiquetada como “comedia”, la obra “El Bizcocho” —de la estadounidense Rebecca (Bekah) Brunstetter— hace equilibrio en la línea muy fina que separa —o une, según se vea— a este género con el drama, al prometer risas —que las hay, de manera comedida— y ofrecer con generosidad un sustancioso mural con la infinidad de sutilezas y grises que enmarcan los amores y las relaciones entre personas del mismo sexo —en este caso dos mujeres— en la coyuntura especifica de su unión matrimonial, vis a vis los atavismos del conservadurismo social.


Cuando se apagaron las luces al final de la función dominical de la puesta en escena de esta pieza que ofrece Corillo Eventos en el Teatro Victoria Espinosa —como parte del Festiva de Teatro Puertorriqueño e Internacional del ICP—, los aplausos de la audiencia —algo escasa por ser el Día del Padre— solo fueron superados en afecto, reconocimiento y complicidad por las sonrisas de ese mismo público que sigue creyendo en el teatro como uno de los mejores aliados, no solo para vivir otras vidas en el lapso mágico de una función, sino también para reflexionar, comprender y abrazar la incuestionable diversidad que dan sustancia a nuestras sociedades.


Esta realidad debería bastar para recomendar ampliamente esta obra que regresa al mismo espacio el fin de semana próximo, con funciones viernes y sábado a las 8:30 p.m. y domingo a las 3 p.m. No obstante, como se trata de apuntalar con argumentos esta invitación, añado que las actuaciones de los cuatro protagonistas —Linnette Torres, Eyra Agüero, Wanda Sais, Carlos Vega y Gerardo Ortiz— son estupendas… sólidas, redondas, creíbles, sin excesos aun en aquellos momentos en los que la naturaleza del argumento abre el espacio para algún almibarado lugar común que, en manos de estos histriones, afortunadamente nunca se materializa.

Linnette Torres y Eyra Agüero, en la escena final de "El Bizcocho, obra que regresa el fin de semana próximo al Teatro Victoria Espinosa.

Eyra Agüero da vida a “Macy”, mujer de carácter, militante de cuanta causa social de rebeldía existe, pareja de “Jen” —Wanda Sais— quién recién asumió su verdadera identidad sexual luego de haber terminado una relación con un chico y cuya vulnerabilidad ante los prejuicios sociales abren para “Jen” un nuevo frente de batalla adicional al que ya sostiene con la sociedad por ser “mujer, negra y lesbiana”, en Brooklyn, donde ambas residen.


Ambas actrices asumen sus papeles con la misma convicción y naturalidad con las que sus personajes enfrentan los desafíos que entraña una boda como la de ellas, “Macy”, con una oposición fundamentada en su rechazo al derroche que implica el gasto inherente; “Jen”, desde el deseo de cumplir así con la ilusión de su madre — fallecida cinco años antes— de que se casará vestida de blanco y en una gran ceremonia.


El conflicto lo detona la visita de ambas a la repostería —en algún lugar de Carolina del Norte — de “Della” (Linnette Torres), una mujer consagrada a su oficio, sin más aspiraciones que hacer los mejores bizcochos del mundo y participar en un “reality show” dirigido por “George” (Gerardo Ortiz) cuya voz tras bastidores no solo guía a “Della” a través de su incursión en el programa, sino que también despierta en ella pasiones hace tiempo olvidadas en su matrimonio con “Tim” (Carlos Vega), un plomero cuya incapacidad de embarazarla apagó en él la llama del deseo y la intimidad.


Luego de aceptar preparar el bizcocho de boda para “Jen”—objeto cargado de metáforas y simbolismos— “Della” —quien fue la mejor amiga de la madre de ésta— rechaza el compromiso al enterarse de que es con “Macy” el matrimonio, escandalizada por lo pecaminoso y antinatural de una relación así, invocando la Biblia, Dios, las buenas costumbres y la tristeza que eso daría a su madre, Dios la tenga en el cielo.


Lo que a continuación sucede enfrenta a los personajes con sus propios fantasmas y atavismos, con sus miedos perpetuos e ilusiones truncas, explorando las utopías (obviamente imposibles) y los insalvables matices que separa ese mundo ideal de la realidad cotidiana, siempre compleja y áspera, subordinada a las percepciones y trasfondos culturales y educativos de cada cual.

Linnette Torres y Carlos Vega son "Della" y "Tim" en esta estupenda puesta en escena.

Linnette Torres borda una muy abnegada, tradicional y resignada “Della”, quien de manera inconsciente ha cancelado el futuro y cuyo presente termina diariamente solo en el gozo que deriva de su relación con los ingredientes que a diario mezcla y que no siente otro calor que no sea el del horno de su repostería. Consumida por la inercia descendente de su relación matrimonial, tiene —aun desde el rechazo consciente de esa relación— un atisbo de su orfandad afectiva a través de la elocuencia del amor entre “Macy” y “Jen”, lo que la lleva a confrontar a un “Tim” también adormecido por la rutina y quien trata de justificar su distanciamiento con el argumento de su “fracaso como hombre” al no ser capaz de fecundarla.


Es esta escena sin duda la más intensa y conmovedora de la propuesta, no solo porque así se desprende del libreto de Brunstetter —“llevas diez años sin darme un beso de lengua”, le reclama en algún momento “Della” a “Tim”—, sino también por la manera como Linnette y Carlos ponen al servicio del texto lo mejor de ellos en una espiral emocional cargada de incuestionable realidad y profundas resonancias emotivas.


Nada esto ocurriría sin la hábil y cuidada dirección de José Manuel “Chemo” Díaz Soto —responsable también del diseño de la producción y de la funcional escenografía —obra de Félix Pagán—, con la iluminación de Pamela López, el maquillaje de Marcos Castro y el vestuario diseñado por la propia Wanda Sais. Hacer mucho con poco tampoco es sencillo y eso lo logran con creces todos los involucrados en este proyecto que al final de cada función abre un espacio para que el público converse con los actores y el director.


Hasta aquí mi reflexión sobre “El Bizcocho”. Me reservo lo que sigue para que sea de manera presencial —boletos disponibles en PRticket.online— que descubran lo que sucede con el compromiso de “Macy” y “Jen”, los afanes de celebridad televisiva de “Della” y su relación con “Tim” y la manera como —entre los extremos opuestos de la utopía y la polarización irracional y huérfana de afecto— es posible encontrar espacios de comunión en un mundo demente y cada vez más hostil en el que son vitales la comprensión, la sabiduría, el abrazo y el amor.

El elenco durante el conversatorio al final de la función del pasado domingo.

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