• Mario Alegre-Barrios

"Hasta el cuello"... en un lugar improbable donde el arte es posible


EN EL MENOS probable de todos los sitios donde pudiese hacerse arte -entre cadáveres de automóviles, murales impasibles y una fauna desacreditada- Javier Cardona apuesta a la posibilidad de reimaginar el espacio y, habitado como lugar de creación, darle -aunque sea fugazmente- la oportunidad de volver a ser.

Fruto de una cadena aún inacabada de intenciones y hallazgos, de deseos y revelaciones, Hasta el cuello -iconoclasta instalación de sitio específico, danza y movimiento concebida por Javier- terminará de hacerse obra mañana sábado a partir de las 8:30 de la noche, precisamente cuando comience el programa para el público en un terreno como el descrito antes, ubicado en el sector conocido como “El Gandul”, casi al final de la calle Ernesto Cerra, en Santurce, muy cerca de su intersección con la calle Las Palmas, frente a los edificios Bahía.

Conversamos ayer, en una tarde gris y bajo una leve llovizna, rodeado por varios autos, algunos destrozados por algún choque

¿Qué habrá sido de la vida de sus ocupantes?

y otros en retazos o desvalijados, cada cual con una historia desconocida y como geografía en fuga de vidas también anónimas.

—Se trata de remirar este paisaje urbano que la gente prefiere no ver, de volver a observarlo con artistas en movimiento, con luces y sonidos, como parte de una narrativa que trasciende lo que se percibe a simple vista —explica Javier sobre este proyecto que es una de las comisiones artísticas hechas por el Museo de Arte Contemporáneo como parte de su iniciativa “Proyecto Santurce: el MAC”.

Con una serie de inquietudes fundamentales que deseaba expresar -—y una vez el MAC le hizo esta comisión— Javier caminó Santurce en busca del espacio idóneo para presentar su propuesta, exploración en la que tres lugares quedaron como “finalistas”. El elegido fue el menos idóneo, precisamente por eso, por no serlo, por ser lo que él llama “el menos domesticado”.

Eso —lo agreste, lo incómodo— fue lo que sedujo a Javier de este lugar. Y es que no quería algo acogedor ni fácil porque no es fácil ni acogedora la reflexión que intenta provocar con Hasta el cuello.

—Aunque ya sabía qué temas quería trabajar, el espacio se ha integrado a su definición durante el proceso de ensayo —explica Javier—. Como parte de mi trabajo como director de Educación en el Programa del Estuario de la Bahía de San Juan, estoy muy consciente de los problemas que hay con el agua y con su calidad en este cuerpo. Estamos aquí a menos de una milla del Caño Martín Peña, congestionado y uno de los cuerpos de agua más contaminados en el área metropolitana. Estamos cerca también de donde estuvo la desaparecida comunidad El Fanguito y al lado de Tras Talleres, donde llegaba el tren y le hacían reparaciones.

En esa calle hay varios talleres de mecánica automotriz y hojalatería, rasgo atado a la llegada y a la ya torrencial invasión de automóviles en Puerto Rico, como parte de la transformación del paisaje urbano que ha derivado en la proliferación de esos “junkers” clandestinos como el que ahora es escenario para Hasta el cuello, iniciativa comandada por Javier que cuenta con la participación de los artistas Aramis Garay, Lydela Nono y Aneek Hernández; con “Recluso”, como realizador de la ambientación sonora original; y Juan Fernando Morales, como diseñador de la iluminación.

Metáfora del país que tenemos y de la abrumadora desazón que provoca la situación social, política y fiscal que se enfrenta, Hasta el cuello se titula así "porque así es como estamos de un montón de cosas y situaciones en Puerto Rico”, asevera Javier. “Es también, de alguna manera, un grito de desahogo, de resistencia, de saber que estamos "hasta el cuello", pero con la certeza de que no nos vamos a ahogar, porque somos luchadores, porque algo haremos para vencer ese ahogo que nos amenaza.

Según Marianne Ramírez Aponte —directora ejecutiva, curadora en jefe del MAC y curador de Hasta el cuello— “el 'Proyecto Santurce: el MAC en el barrio' persigue promover el diálogo entre espacios urbanos, la gente que los ocupa y la memoria, para ampliar una convocatoria que, a través de la intención artística y la educación, contribuya a plantear una evolución verdaderamente participativa de las comunidades de Santurce”. “La ciudad, que no es otra cosa que el deseo de vivir en comunidad, tiene una dimensión política y de derechos humanos que no debemos perder de vista”, asevera. “Nos honra desde el MAC, y desde ese espacio llamado ‘museo’ (que tiene unas connotaciones bien específicas), el promover ese sentido de comunidad, de valorización histórica y valorización de nuestro patrimonio natural, y el ser un importante eje de discusión para repensar las políticas de desarrollo urbano y lo que significa revitalizar una ciudad”.

Amén de los temas relacionado con el medioambiente, Javier destaca que en esta propuesta hay otra arista muy relevante también, relacionada con el hecho de tener un elenco de artistas negros en un contexto desvinculado totalmente de los espacios artísticos habituales en los que les suele observar.

—Es muy común que lo afropuertorriqueño esté mayormente en espacios muy específicos, como el folclor, por ejemplo, en los bailes bomba y plena, pero no en el tipo de danza y movimiento que estamos presentando en esta pieza —comenta Javier—. No deseo hacer referencia literal al tema de la raza y del color de la piel, pero sí me interesa explorar la reacción del público a la lectura que haga al ver a estos artistas bailando algo que, según los estereotipos, no es típico.

Y es que a Javier, por ser negro, le suceden cosas que solo a los negros les ocurren, como escuchar un ‘clic’ cuando -al pasar caminando al lado de un carro en algún semáforo- el chofer apresuradamente pone el seguro ante el temor de que él lo asalte. También alguna vecina -sin prejuicios, claro- le llegó a cerrar en la cara la puerta del edificio donde vivía, al imaginar que él podría ser un ladrón. Y otra más -al coincidir también a la entrada- le disparo algo así como “que bueno que llegaste porque me urge que me repares el…”.

Sí, solo por ser negro.

Por esto también es que Hasta el cuello reta la mirada del observador, desafía sus prejuicios y confronta su sistema de creencias. Avisados están. Y advertidos quedan también de que la propuesta no tiene una narrativa lineal, sino que consta de momentos -varios- enmarcados en el movimiento, en la danza, con un lenguaje abstracto y difuso, como una invitación a que el público construya a partir de lo observado.

Esta pieza se nutre de palabras sueltas, aleatorias, precisas, cargadas de un gran peso por sí solas, aun independientemente del contexto —como “isla/la isla”, “el viaje”, “el Caribe”, “el naufragio”, “el agua”, “la deriva”, “la(s) razas y/o las identidad(es) nacional(es)”, “el racismo”, “la negritud”, “el ser salvaje o primitivo”, “la mirada del otro/la otra”, “la ecología”, “la justicia/injusticia social y ambiental”— y trabaja también entre dos textos: Una Tempestad, de Aimé Césaire, basada en La Tempestad, de Shakespeare, y En el fondo del caño hay un negrito, de José Luis González.

—Pensé en esas palabras y a partir de ellas es que elaboro la coreografía —dice Javier—. Al público le corresponde hacer lo contrario: observar la danza y el movimiento, dar a eso palabras, unirlas y elaborar con ellas ideas para la reflexión, una reflexión sobre este país de chatarra, este país que se ahoga, este país que... este país que nos tiene hasta el cuello.

Cuando terminamos la plática y nos despedimos, observo una vez más el espacio sombrío, los carros fantasmales y los murales impávidos. Nada ha cambiado durante la última media hora, solo la luz, que es más crepuscular. Solo la luz y la revelación de ese lugar tan improbable como uno en el que el arte es posible.

#Cardona #Museo #Santurce #Raza

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