• Mario Alegre-Barrios

No la recuerdo sin una sonrisa en su rostro...



NO LA RECUERDO sin una sonrisa en su rostro y aun ahora, después de que sé

en realidad solo imagino

todo lo que debe haber pasado hacia el final, me cuesta imaginarla sin ese gesto que le conocí desde siempre, primero a la distancia, desde esa periferia en la que nunca se piensa que algún día nuestros caminos podrían cruzarse; más tarde, desde la amistad, no demasiado añeja, pero sí genuina, como parte de amores compartidos en lo personal y en lo profesional.


Escribo esto no para Myraida Chaves -porque lo he dicho antes y en alguna ocasión lo hablé con ella-

que me digan las cosas en vida, decía

que a los muertos nos se les escribe, porque no, porque los muertos no nos leen, y que, si se escribe, es para los vivos, para el consuelo solidario de los que nos quedamos, de quienes seguimos de este lado algún tiempo más, tristes, aturdidos, increíblemente incrédulos de lo que debería ser certeza: que como ley de vida

ley de muerte es más preciso

nadie ni nada es eterno y que aun las historias más hermosas, si se extienden lo suficiente, siempre

siempre

terminan y terminarán así, con la ausencia, con el vacío.


Bien sabemos que todas las muertes -cuando pensamos seriamente en ellas-, de alguna manera nos aproximan un tanto a la nuestra, sobre todo cuando son cercanas, cuando llevamos en la piel la mirada de quien deja de estar y, en la memoria, el eco de su voz, la resonancia de su sonrisa y la nostalgia de lo compartido como huellas de ese cruce de caminos que -repito- siempre, algún día, tendrá en la ausencia definitiva su última estación.


Es obvio que cada cual siente la partida de Myraida desde sus circunstancias, desde la evocación de esos momentos que el tiempo ha grabado en la memoria por su importancia, por la manera como su afecto y su concepción de la vida influyeron en la propia; en mi caso, parecería que de una forma un tanto fortuita

que no lo fue

cuando sus palabras, consejos y solidaridad fueron el estimulo necesario para dejar atrás el colapso que representó para mí el final de un largo y entrañable ciclo profesional e iniciar un nuevo camino en algún momento del verano del 2013.


En el proceso, me honró como entrevistado en la primera edición de su programa “Uno a uno” que por tanto tiempo mantuvo en WIPR-TV y en noviembre de 2016 fue la maestra de ceremonias en la celebración del lanzamiento de este portal -Esto es el agua-, en una lluviosa noche en el ya desaparecido Taller de Fotoperiodismo de Puerta de Tierra, jornada que finalizó mucho después de que todos los invitados se habían ido, precisamente porque ella, Myraida

tan festiva siempre

nos animó a permanecer en el memorable epílogo entre copas de Viuda y la charla con Eileen -“La China”, le decían ella y Awilda-, Luis y Lillian, entre otros.



Perdonen si esto parece poco, pero lo cierto es que para mí significa mucho al recordar la manera como Myraida tocó mi vida y la de personas muy cercanas a mí, como Eileen y Luis, que bien sé cuanto han sufrido su muerte, al igual que su hija Myriana, familiares, amistades y colegas, a quienes abrazo desde estas líneas.


En abril del 2017 entrevisté a Myraida por última vez, cuando asumió la dirección del Centro de Bellas Artes de Caguas, sin imaginar que cinco meses después el huracán María convertiría su proyecto en una odisea que -pese a lo inmensa- tampoco borró de su rostro esa sonrisa cuyo resplandor nos acompañará mientras tengamos memoria.


No voy a escribir “vuela alto”, porque no, porque quienes me conocen saben las razones. Solo reitero que a Myraida le debo mucho, con la felicidad y la tranquilidad inmensas de que se lo dije en vida varias veces y siempre

siempre

su única respuesta fue esa luminosa y eterna sonrisa.



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