• Mario Alegre-Barrios

El oficio de “roncar” en una realidad distópica



VIVIMOS INUNDADOS —ahogados, apabullados— por un torrente de información que ha desbordado los márgenes de nuestra realidad y saturado los espacios que hasta no hace mucho eran propicios para la sustancia, para la reflexión, para la creación de historias significativas y perdurables, sin ese apetito voraz por la información y los datos, esos que, tan pronto llegan, al instante son obsoletos y sustituidos por otros igualmente carentes de trascendencia que —como cualquier droga adictiva— nos hacen dependientes, lo mismo de la pantalla del teléfono celular que de la radio y la televisión, todos dominados en buena medida por “opinionólogos” —que no analistas— y por esa nueva cepa viral de los llamados “influencers”, que se reproducen a velocidades vertiginosas.


Estos “influenciadores” confunden “información” con “sustancia” y le llaman de manera arrogante “contenido” cuando “roncan” (así le llaman a “presumir”) poseerlo, como si fuesen los “Illuminati”, descubridores del Santo Grial o de una nueva verdad sobre el origen del Universo.


Gritan a los cuatro vientos, no solo que tienen los “contenidos”, sino que los que pregonan son los mejores. ¿En serio? ¿Qué es ser “mejor” en ese contexto? ¿Qué rasgos o atributos hacen de un “contenido” mejor que otro? ¿Su sensacionalismo? ¿Su frivolidad? ¿Su estupidez? ¿Su chabacanería? ¿Todas las anteriores? Pregunto porque el mundo en el que yo me formé, los verdaderos poseedores de contenido con sustancia nunca “roncaban” para ganarse el respeto y la admiración. Sus contenidos —sus obras, sus acciones— fueron los que hablaron siempre y sus admiradores gravitamos simplemente por inercia natural hacia ellos.


Hace ya algunos años —en la primera década de este siglo— durante la inexorable transición del periodismo impreso al mundo de los portales digitales, uno de los gurús que nos trajeron de Sudamérica para manejar ese proceso en el diario donde trabajé durante 24 años, nos dijo a toda la plantilla de editores y reporteros una frase lapidaria que habría de guiar toda decisión editorial a partir de entonces: “el contenido es el que manda”.


Mis colegas y yo no tardamos mucho en comprender que el ”contenido” al que se refería este señor chileno no era para nada sinónimo de “sustancia”, sino simplemente de información capaz de hacer que los lectores le dieran un “click” a la noticia y un “like” a su enlace en las redes sociales. Mientras más de ellos mejor, a toda costa, seduciendo al lector por su flanco más vulnerable: su debilidad casi genética por el morbo, por el sensacionalismo, por lo irrelevante, por lo desechable.




Quizá lo único que nos queda a unos cuantos de los que venimos del otro lado de esta nueva realidad es destilar de vez en cuando una reflexión como esta —derrotada desde su origen, lo sé— simplemente para que no olvidemos que alguna vez otro mundo fue posible.

De esta manera, la noción clásica del periodismo en el que me formé comenzó a languidecer desde ese momento y poco a poco este oficio serio, de contexto y sustancia, ha cedido un terreno vastísimo ante el torrente de información mayormente frívola, banal y estúpida, que lejos de estimular el juicio crítico de quienes la consumen, lo atrofia hasta anularlo.


En su libro “No-cosas” (Penguin Random House Grupo Editorial España) Byung-Chul Han —filósofo y ensayista surcoreano experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín— señala que “hoy corremos detrás de la información sin alcanzar un saber”.


“Tomamos nota de todo sin obtener un conocimiento”. añade. “Viajamos a todas partes sin adquirir una experiencia. Nos comunicamos continuamente sin participar en una comunidad. Almacenamos grandes cantidades de datos sin recuerdos que conservar. Acumulamos amigos y seguidores sin encontrarnos con el otro. La información crea así una forma de vida sin permanencia y duración”.


Este reflexión de Byung-Chul no requiere de ningún complicado proceso de análisis para convencernos de su validez. Basta con observar el comportamiento de la sociedad y la manera como rige su vida desde lo que su teléfono celular le presenta, la manera compulsiva como activa —una y otra vez— la pantalla pera ver cómo se actualiza lo que se actualizó apenas unos instantes antes y ya es obsoleto, o para ver cuantos “likes” más tienen noticias como la de la famosa que se hizo las tetas, la del “influencer” que se acuesta con una modelo o la de trapero —que no artista— que le regaló un carro a su novia de turno.


Y en eso se les va la vida, unos capitalizando a través de “views” y “followers”, otros como simples peones de esa nueva economía que hace de la información intrascendente, frívola y muchas veces vulgar, la moneda de cambio, como parte de una realidad distópica, con valores trastocados de manera irreversible y regidos por algoritmos.


“En el mundo controlado por los algoritmos, el ser humano va perdiendo su capacidad de obrar por sí mismo, su autonomía”, dice Byung-Chul. “Se ve frente a un mundo que no es el suyo, que escapa a su comprensión. Se adapta a decisiones algorítmicas que no puede comprender. Los algoritmos son cajas negras (…) La información por sí sola no ilumina el mundo. Incluso puede oscurecerlo. A partir de cierto punto, la información no es informativa, sino deformativa”.


Y Byung-Chul cita a su vez a la escritora alemana Hannah Arendt: “Significativamente Arendt sitúa la verdad entre el suelo y el cielo. La verdad pertenece al orden terreno. Da a la vida humana un sostén. El orden digital pone fin a la era de la verdad y da paso a la sociedad de la información posfactual. El régimen posfactual de la información se erige por encima de la verdad de los hechos. La información con su impronta posfactual es volátil. Donde no hay nada firme se pierde todo sostén”.


Quizá lo único que nos queda a unos cuantos de los que venimos del otro lado de esta nueva realidad es destilar de vez en cuando una reflexión como esta —derrotada desde su origen, lo sé— simplemente para que no olvidemos que alguna vez otro mundo fue posible.

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