• Mario Alegre-Barrios

Baja el telón sinfónico con Haydn y Beethoven


LA SÉPTIMA DE LAS sinfonías de Ludwig Van Beethoven llegó un tanto tarde a mi vida, a los 18 años. Lo primero que escuché de ella fue su célebre segundo movimiento, el allegretto, como parte de la banda sonora de la película Zardoz, de John Boorman, estrenada en 1974 y protagonizada por Sean Connery y Charlotte Rampling.

Cautivado por lo escuchado, al salir del cine Latino en la Ciudad de México, fui a la Sala Margolín e invertí lo que para mí era "fortuna" –75 pesos, o sea unos 6 dólares– para comprar mi primer disco de esta sinfonía: un elepé de vinyl –obvio– en el sello Angel Records, con la Philharmonia Orchestra dirigida por el maestro polaco Otto Klemperer, versión que me deslumbró y que hasta el día de hoy –43 años después– sigue siendo mi referente inigualable de cómo debe sonar esa obra.

Anoche la volví a escuchar en el ensayo del concierto con el que mañana sábado culmina la temporada de abonos de la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico y, como suele ocurrir cada vez que nuestros caminos se cruzan, me provocó asombro, reverencia, placer y agradecimiento, sentimientos que sin duda volverán a estar presentes en la Sala Sinfónica Pablo Casals tan pronto la vuelva a escuchar como parte del programa dirigido por el maestro Maximiano Valdés que se iniciará con la Sinfonía Núm. 45, de Franz Joseph Haydn, la famosa “Sinfonía de los adioses”, y continuará con el Concierto para Viola de Jennifer Higdon, pieza que le ganó el Premio Pulitzer en Música del 2010, y que tendrá como solista al violista chileno Roberto Díaz. Luego del intermedio, la OSPR interpretará el legendario Op. 92 de Beethoven

–La orquesta está cansada, la semana pasada tuvimos dos conciertos, uno en el parque, otro de películas y me doy cuenta de que la orquesta necesita descansar –dice el maestro Valdés al finalizar el ensayo de anoche–. Los músicos han hecho un gran trabajo, ha sido una temporada muy bonita, y la orquesta está con una gran actitud de trabajo, de seriedad. Tenemos mucha gente joven que ha entrado y eso ha aportado muchas ganas de hacer las cosas bien.

--No recuerdo haber visto una renovación tan grande del elenco de la orquesta como la que ha ocurrido en los últimos años –le digo.

–Ha coincidido que varios maestros se han jubilado y hemos tenido gente muy buena de aquí que viene surgiendo –señala–. La verdad que no he echado de menos tener que recurrir a músicos del extranjero. Siempre hemos tenido candidatos de aquí que han cumplido con creces lo que esperamos de ellos y en realidad es muy positivo formar gente y que los músicos principales trabajen en el desarrollo de los nuevos miembros de la orquesta. Estamos muy contentos… todos se van ahora de vacaciones… yo sigo trabajando. Ahora durante el verano tengo un Rigoletto con la Ópera de Chile y un concierto en Santiago, luego voy a México, a dirigir la Orquesta de Minería en la Ciudad de México. Regreso a Puerto Rico a hacer Werther y luego viajo al Colón, en Buenos Aires, para dos conciertos.

Respecto al programa con el que mañana finaliza la temporada de abonos –y que marca la despedida de la OSPR del maestro violista Francisco "Paquitín" Figueroa–, el maestro Valdés señala que “Haydn no lo hacemos mucho”.

–No lo hacemos mucho porque requiere, y lo que voy a decir parece un poco absurdo, mucho ensayo, una mentalidad distinta, con articulaciones más cortas y, al mismo tiempo, una definición del sonido aún mayor, precisamente porque esa articulación de las notas es más breve –explica–. Nos requiere un esfuerzo estilístico que nos es un poco ajeno al de una orquesta como la nuestra. Toma tiempo acostumbrarse a este estilo y para entender que el sonido se expresa de otra manera. Ya de Mozart en adelante los sonidos son más largos y, por lo tanto, “caminan” más fácilmente. En Haydn existe una definición momentánea del sonido que debe ser hecha con mucha precisión, algo muy propio del mundo barroco. Se trata de una sinfonía muy temprana, con una visión de una gran inmediatez post barroca, como lo fue Carl Philipp Emanuel Bach.

La historia de esta sinfonía en muy peculiar.

En 1772, durante una estancia en la que Haydn y la corte de músicos permanecieron en el palacio de verano, en Eszterháza, en Hungría, el príncipe Nicolás Esterházy (jefe del compositor), prolongó la estancia de los músicos más de lo esperado. Estos se habían visto obligados a dejar a sus esposas en sus hogares en Eisenstadt, en Austria. Por esta causa, en el último movimiento de la sinfonía, Haydn, en forma de protesta y para defender a sus músicos, instó sutilmente a su patrón a dejarles volver a casa.

Durante el adagio final, cada músico dejó de tocar (algunos con pequeños solos), apagó la vela de su atril (antes era la forma de poder leer la partitura) y se fue del escenario en este orden: primer oboe, segunda trompa, fagot… once compases después, el segundo oboe y primera trompa. Así, poco a poco, salieron contrabajos violonchelos, violines y violas. Al final quedaron solo dos violines, tocados por el propio Haydn y su concertino Alois Luigi Tomasini. Esterházy al parecer entendió el mensaje porque, según cuenta la historia, al ver que todos abandonaban la sala dijo: “Bueno, si todos se van, igual nosotros también deberíamos irnos”.

En lo que atañe a la séptima sinfonía de Beethoven, el maestro Valdés es contundente: “la hacemos porque es una obra maravillosa”, asevera.

–La séptima es una obra digna para cerrar una temporada –asevera–. Siempre nos admiramos de lo extraordinario que es Beethoven. Siempre que Beethoven está en un programa, por muy grande que sea el resto del repertorio, uno concluye que no existe otro como él. No hay nada como él porque lo que dice, lo dice de tal manera que no puede ser dicho de una manera diferente. Ya lo decía Bernstein… la conjunción entre el contenido musical y la tímbrica que lo expresa en cada instrumento es absolutamente perfecta. Nadie conocía la tímbrica de la orquesta, lo que los instrumentos podían decir, como Beethoven. Su música habla con una naturalidad y de una manera tan completa que lo hace único.

Sobre el Concierto para viola de Jennifer Higdon, compuesto para el solista de la noche, el chileno Roberto Díaz, el maestro Valdés señala que su autora es profesora en el Instituto de Música Curtis de Filadelfia Curtis, donde Díaz es presidente.

–Es un concierto de una gran calidad musical, con un primer movimiento un poco francés, transparente, con sonoridades muy hermosas –dice–. No tiene una espina dorsal rítmica, sino un colorido y un casi soliloquio de la viola, con una textura que recuerda un poco a Rautavaara (compositor finlandés) en sus armonías. Su movimiento central tiene mucho ritmo, con articulaciones rápidas y brillo orquestal, y el final tienen mucho de Stravinsky y Bernstein. En fin, que complementa un programa muy atractivo como cierre de temporada.

–¿Optimista con la próxima temporada?

–¡Si!, hay muchas obras fantásticas que vamos a hacer… como la primera de Mahler, el Zaratustra, el ciclo de El anillo del nibelungo, las Imágenes de Debussy y el Festival Tchaikovsky, Romeo y Julieta de Prokofiev… y grandes solistas –explica–. Con lo que tenemos, se ha armado una temporada muy atractiva, que será anunciada durante el programa de este sábado.

–¿Está asegurada la temporada, a pesar de la crisis fiscal?

–Sí, está asegurada… tenemos un bonito homenaje a Campos Parsi. Se cumplen veinte años de su fallecimiento. Tendremos varias obras de él. Asimismo, tendremos estrenos de dos compositores puertorriqueños, uno de Carlos Alberto Vázquez y otro de Alfonso Fuentes y repondremos una obra de Alberto Rodríguez.

–¿Y el Festival Casals del 2018?

–Está prácticamente hecho, me falta solo una pieza por definir. Lo anunciaremos en diciembre próximo –concluye el maestro Valdés.

Los boletos a la venta en la taquilla del Centro de Bellas Artes Luis A. Ferré en Santurce o a través de Ticketpop (787) 294-0001.

#Sinfónica #Maximiano

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