• Mario Alegre-Barrios

Berta Meléndez, entre la enseñanza y la creación


ENTRE ENSEÑAR Y HACER OBRA, Berta Meléndez ha dedicado lo que va del nuevo siglo –que es lo mismo que decir del nuevo milenio– a lo primero, a instruir, a guiar pasiones, a despertar curiosidades, a reconocer talentos, trayectoria de tres lustros que celebra, no solo con la Exposición Bienal de su estudio, sino también con la decisión de soltar las amarras a su vocación artística y dedicar más tiempo a crear.

La exhibición –que se despliega entre ayer y hoy en el Estudio de Arte Berta Meléndez, en el número 5 de la avenida Alejandrino, en Guaynabo– consta de poco más de centenar y medio de obras realizadas por estudiantes, profesores y ex alumnos de la institución e incluye pinturas, dibujos y medios mixtos, como preámbulo al inicio de los campamentos de verano que la institución ofrecerá a partir del lunes próximo, 5 de junio.

Aunque nació en Santurce –de padres cubanos– Berta ha tenido siempre en Guaynabo su centro de gravedad, no solo como hogar, sino también como sede de su estudio en el que –en el año 2002– regresó a su pasión por el arte como inicio al reencuentro con ella misma, muchos años después de haber descubierto que su camino en la vida estaría trazado por esa vocación, a pesar de que soñaba cuando creciese –como la Susanita de Mafalda– con casarse y tener muchos hijos.

–En verdad, eso soñaba de niña… con ser ama de casa y madre –dice con una sonrisa–. Tenía unos cuatro años cuando en unas navidades me regalaron un caballete con unas láminas que podía calcar o copiar. Mami se sorprendió que copiase una de esas láminas de la manera tan fiel como lo hice. Era un muñeco de nieve. Luego de eso me llevaron a tomar clases de ballet y en Casa Cuba comencé a tomar algunas clases de arte. Y lo mismo hice después en la Academia de Artes Franceschi.

Egresada de la Escuela Sagrados Corazones y posteriormente de la Academia María Reina, Berta ingresó a los 17 años a la Universidad del Sagrado Corazón… sin saber a ciencia cierta qué carrera iba a estudiar.

–Mi mamá me dijo que estudiara lo que más me gustaba –recuerda–. Le dije que lo que más me gustaba era dibujar y pintar. “Pues estudia arte”, me dijo y yo le respondí que los artistas se morían de hambre. “¿Quien te dijo eso?”, protestó. “El que quiere realmente llegar a hacer algo, lo hará, el que no, se queda en el camino. Tú escoges. El impulso lo tienes dentro de ti”, me insistió.

Cinco años después –en 1993– se graduó, con un bachillerato en Comunicaciones con concentración en Artes Visuales… con la nota más alta.

–Me encantaba estudiar arte, tuve excelentes profesores, entre ellos a la querida Adlín Ríos Rigau –apunta–. Estuve en esa generación en lo que todo era muy manual, casi artesanal. Cuando me gradúo es que comienzan las computadoras y el arte digital. Entonces me matriculé en los cursos de extensión de la Escuela de Artes Plásticas para adiestrarme en Photoshop, Ilustrator y Quark. Descubrí que no me gustaba el arte en las computadoras, sino el tradicional. Una de las cosas que más me gustaron del Sagrado es que mi formación fue muy enfocada al diseño, y esa es la base de lo que yo enseño en mi escuela. Mi primer amor fue el dibujo. Saber dibujar es esencial… la pintura necesita de eso. Se nota en el trazo, en el brochazo.

Al graduarse de Sagrado, Berta ya tenía al primero de sus tres hijos –Reynaldo, hoy de 25 y su mano derecha en la escuela– y trabajaba en una empresa familiar. Sus padres –Jerry Meléndez y Berta Sardiña– eran muy amigos de Ruth Franceschi y en una fiesta se enteraron de que ella estaba buscando una profesora de arte para su academia. Doña Berta le dijo a Ruth que su hija se acababa de graduar de Sagrado, precisamente en arte.

–Eso fue en enero de 1994 –recuerda–. “Yayi” (sobrenombre de Ruth) le dijo a mami que me dijera que pasara al día siguiente por la academia. Nunca en mi vida había dado yo una clase, pero cuando yo era una niña, mi abuela Berta me decía yo era bastante dominante y me gustaba dar instrucciones. “Pareces maestra de escuela”, me bromeaba. Me encantaba tener pizarras y tizas. Nunca me dio por estudiar educación, pero lo tenía en mí. Cuando llegué a la academia, le dije a Ruth: “Yayi, yo soy tu maestra de arte”. Tenía entonces 23 años y un hijo. Empecé a dar clases ahí, recordando el modelaje que mejor me enseñaron en Sagrado. Me percaté de lo crítica que había sido con los profesores que tuve porque me daba cuenta de quién me estaba dando una buena educación y quién no.

Berta dice que en el camino validó lo que había aprendido, en especial que hay un orden para estudiar arte… y que no todos pueden aprender de la misma manera, porque ese universo es muy vasto.

–A medida que estudié y que fui enseñando, me percaté de las cosas que funcionan y de las que no –reflexiona–. Ya me lo habían dicho mi madre y mi abuela: tenía cualidades de maestra. Desde muy pequeña había desarrollado la capacidad de explicar muy claramente lo que sabía.

Estuvo en la Academia Franceschi hasta el 2000, con 29 años y tres hijos (Claudia y Raúl, hoy de 21 y 18 años son los otros, además de Reynaldo). Luego, dos años de sombras, de espinas, de frustraciones. Su familia –con su amor, apoyo y humor– la salvó, reconoce.

–Nadie se muere de amor –asevera con una sonrisa–. Trabajé un tiempo con mi papá en un negocio de lavado industrial y ahí tuve la oportunidad de ver de primera mano lo que era salir adelante con trabajo, pasión, responsabilidad y rectitud. Con él vi cómo se hace un negocio y cómo se mantiene para ser exitoso. Estaba clara en que deseaba salir adelante y dar a mis hijos una buena educación. Trabajar para otros no era el camino para mí…

Cuando decidió retomar mi vida, Berta hizo una escenografía para un espectáculo de la Academia de Artes Franceschi y –como sucedió con el hijo pródigo– a mucha gente le dio un gusto enorme verla de regreso. Le dijeron que si montaba una escuela irían con ella.

–Fue esa una señal, un mensaje divino –dice–. Y hablé con Dios. Le dije que si él quería que yo montara una escuela de arte, me la pusiera fácil, porque si me la ponía difícil quería decir que no quería. Salí del recital del Centro de Bellas Artes de Guaynabo, pasé por la avenida Alejandrino y vi que este local se alquilaba. Segunda señal. Llamé al dueño, Edwin Acevedo. Me mostro el local y la luz que vi me fascinó. La vibra fue estupenda. Le pedí a mi padre que me acompañara a ver el espacio. Cuando llegamos y ellos se vieron, gran sorpresa: eran grandes amigos y no se veían desde jóvenes. Era octubre del 2002. Yo estaba desempleada y don Edwin me dijo que no le pagara renta hasta que tuviera el estudio abierto y funcionando como yo quería.

La ilusión de todos los días de Berta era dejar a sus hijos en la escuela y encerrarse en el que sería su estudio, a acondicionarlo, a limpiarlo, a pintarlo, a decorarlo. Sus padres y su abuela le regalaron las primeras mesas y sillas. Puso un cruzacalles enfrente y todos los días –por las mañanas y tardes– repartía 'flyers' en todas las escuelas de Guaynabo. A finales del 2002, con unos 40 estudiantes, comenzaron las clases, sin acondicionadores de aire al principio, pero con mucha voluntad y pasión.

–En el verano de 2003 hice un campamento y fue todo un éxito –dice–. Puse mis cuentas al día. Fue un gran inicio que me ayudó mucho para recuperar la confianza en mí misma y la autoestima. Comenzaron a llegar nuevas ideas y desde entonces no hemos parado. Son ya quince años. Al ver el camino recorrido, si algo tengo claro del proceso es que el estudio no es “un cuido”. Aquí los niños vienen a aprender… y los adultos también. Yo no sirvo para cuidar muchachos, a mí me gusta enseñar, al igual que a los profesores que trabajan conmigo.

Con una matrícula semanal que ronda los 160 estudiantes, la escuela se concentra en dibujo y pintura para niños desde los 5 años hasta adultos de 100.

–Aquí respetamos su estilo y sus habilidades… no los ponemos a dibujar y pintar como lo hacemos los profesores –explica–. Cada alumno recibe una atención individualizada en grupos pequeños, de no más de 6 u 8 estudiantes. Aquí no les ponemos un bodegón enfrente para que todos lo dibujen, sino empezamos con láminas, donde ya todo está enfocado. Durante el día tenemos adultos, por las tardes niños y por las noches jóvenes adultos, mientras que los sábados tenemos estudiantes de todas las edades.

Berta añade que está abierta la matrícula para sus campamentos de verano que se realizarán desde el lunes próximo hasta el final de la tercera semana de julio, con sesiones semanales para niños de 8 a.m. a 5 p.m. y para adultos de 6:30 a 8:30 p.m. El campamento para adultos tendrá clases de pintura, pintura en gran formato y de cerámica, sin experiencia requerida. Más información en el (787) 307-8551.

–Y también celebras estos quince años del estudio y de una nueva vida con la decisión de dedicarte a hacer obra, como sucede en esta Bienal con tu pintura Cose el nido de mi alma.

–Sí, me veo pintando más, creando, exponiendo, dándome a conocer, no ya solo como educadora, sino también como artista –asevera–. De hecho, además de la obra que presento en esta exhibición, ya lo comencé a hacer con mi participación en la exposición colectiva La Silla Nuestra de Cada Día, que se lleva a cabo en Espacio Emergente en Bayamón. Tengo ahí una instalación autobiográfica que se titula “No soy de palo”. Por quince años me he dedicado a levantar la escuela y a criar a mis hijos. Ahora que Raúl, el más pequeño, se graduó y se va a estudiar a Mayagüez, puedo dar paso a mi arte. Quiero que el público entienda mi obra… no quiero ser una artista que hace arte para los colegas. Deseo que sepan quién soy, de dónde salí y a dónde voy. Asimismo, quiero seguir echando la escuela para adelante porque deseo que mis colegas tengan trabajo.

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