• Mario Alegre-Barrios

La Casa Cortés y la magia sin edad que en ella gravita


HACE MUCHOS años, a mediados del siglo pasado, una niña descubrió en una barra de chocolate que otros mundos eran posibles a través de la palabra escrita y que solo la lectura le permitiría conocerlos. Cortés era la marca del chocolate y el objeto del deslumbramiento una de las minúsculas historietas que se incluían dentro de la envoltura.

En un hogar con tantas carencias que la sola idea de ir a la escuela era una quimera, aquella niña aprendió a leer gracias a esos pequeñísimos libros que en apenas una docena de páginas contaban historias maravillosas que no solo encendían la imaginación infantil, sino que también se convirtieron en algunas de las primeras lecturas de toda una generación de ‘baby boomers’ puertorriqueños.

Alrededor de cincuenta años después de aquel hallazgo casi mágico –en el 2007–, aquella niña tuvo nuevamente en sus manos una de esas publicaciones. Conmovida, escribió una carta con letra tan esforzada como amorosa y la envió a las oficinas de Chocolate Cortés para contar precisamente esto, que ella había aprendido a leer gracias a esas narraciones de reyes y princesas, y que quería agradecer a quien hubiese sido el autor de esa iniciativa.

Ana Pérez de Méndez –del Barrio Guamaní de Guayama– es la mujer que esa niña fue y su carta manuscrita –de dos páginas y ampliada a modo de mural– está adherida a una de las paredes de la Sala de Cuentos del ChocoBar de la Casa Cortés en el Viejo San Juan, como un elocuente testimonio de lo que es la misión medular de la Familia Cortés, atada a su credo que vincula sus pasiones por el arte y el chocolate desde una perspectiva no solo estética y gastronómica, sino también educativa.

Esta carta se ubica cronológicamente por coincidencia en la génesis de la Fundación Casa Cortés que nace justamente en el año 2007, en la celebración del septuagésimo aniversario de las Empresas Chocolate Cortés en Puerto Rico, luego de su fundación en la República Dominicana.

–La familia Cortés lleva 87 años en el negocio del chocolate y siempre se ha enfocado en promover la cultura y la educación como una prioridad, a la par de su actividad comercial –dice Adelisa González-Lugo, directora ejecutiva de la Fundación Casa Cortés–. En el 2007 la empresa cumplió 70 años en Puerto Rico y los dueños quisieron hacer una celebración enfocada en un agradecimiento al pueblo. Para ello, por primera vez mostraron una serie de obras de arte de su colección privada. Don Ignacio Cortés Gelpí es el presidente de la empresa y un fervoroso coleccionista de arte –prefiere que lo llamen un “apasionado del arte”–, con más de 40 años dedicados a atesorar obras, especialmente de artistas puertorriqueños y de otros lugares de América Latina y el Caribe.

En línea con ese propósito de celebración, ese año Humberto Figueroa hizo una curaduría con poco más de 80 obras de esa colección y Chocolate Cortés invirtió una suma considerable en la rehabilitación del Museo de Arte de Caguas para que fuese la sede de esa exposición que se prolongó durante cerca de un semestre, como eje de una serie de actividades educativas.

–Veinte años antes, en la celebración del medio siglo, miembros de la empresa recorrieron diversos barrios repartiendo chocolate caliente y promoviendo tertulias sobre la importancia de la educación –dice Adelisa–. Asimismo, en los años 50 y 60, junto a las barras de Chocolate Cortés venían unos libritos de cuentos de una colección de 128 y con ellos fue como muchas personas aprendieron a leer en aquellos años, porque no estaban en la escuela. Mi jefe –don Ignacio– recuerda que en las vacaciones de verano él trabajaba colocando los libritos dentro de las envolturas de las barras de chocolate.

Luego de esa celebración de hace una década don Ignacio y su esposa –la empresaria Elaine Shehab, “madre” del ChocoBar– pensaron que la exposición debía continuar –“que habían abierto una ventana que no querían volver a cerrar”, dice Adelisa– y que ese acervo artístico debía tener un espacio permanente donde el público pudiese disfrutarlo.

–Y crearon la Casa Cortés, la Fundación y, un poco más tarde, el ChocoBar, para compartir sus dos grandes pasiones, el arte y el chocolate –apunta Adelisa–. Sus hijos, la cuarta generación de los Cortés, ya están involucrados en la empresa. El ChocoBar es un restaurante museo, con un estupendo menú, y en los dos pisos superiores la Casa Cortés tiene dos espacios –la Sala Enfoque Pedro Cortés Forteza y la Sala Colectiva Ignacio Cortés Del Valle, en memoria del abuelo y del padre de don Ignacio, respectivamente– para que el pueblo de Puerto Rico tenga una experiencia cercana con las artes plásticas y también como un lugar para el diálogo y la reflexión.

La creación de estas dos salas es la matriz permanente del proyecto de la Fundación, la que enmarca y contextualiza la parte más viva y dinámica, la de los talleres, cursos y conciertos, a través –por una parte– del programa Educa Cortés, en el que Adelisa codiseña –junto a maestros de escuelas públicas– visitas de estudiantes en las que las artes visuales se integran a temas académicos del currículo del Departamento de Educación. Asimismo, a lo largo del año los martes se ofrecen las sesiones de los talleres de arte de ocho semanas que se diseñan para público en general, mientras que un jueves al mes se destina –como hoy, con la presentación desde las 5:30 p.m. del ‘Ricky Rodríguez 4tet’– a conciertos de música de cámara y jazz.

La Casa Cortés está ubicada en el número 210 de la Calle San Francisco, en el Viejo San Juan, donde el ChocoBar abre todos los días de 8 a.m. a 8 p.m. y las salas de arte los jueves, sábados y domingos de 11 a.m. a 5 p.m.

–Aquí frecuentemente ocurren cosas mágicas –asevera Adelisa–. Siempre hay algo o alguien que sorprende o se sorprende con las cosas maravillosas que nos da el arte, solo hay que aprender a mirar. Esa es nuestra misión, “educar e inspirar con nuestra pasión por las artes del Caribe”.

De camino al parking de Doña Fela reflexiono en uno de esos momentos mágicos que Adelisa mencionó –el de doña Ana y su carta manuscrita– y vuelvo a pensar en esa niña de Guayama que descubrió el mundo maravilloso de la lectura envuelto en una barra de chocolate.

Solo después, mientras escribo estas líneas, recuerdo el otro instante conmovedor que Adelisa me contó: el de un niño de una escuela pública del centro de la isla que, de camino a una de las actividades de Educa Cortés, lloró del asombro y la emoción cuando el autobús de la excursión bordeó La Perla y vio el mar por primera vez en su vida.

Calce, foto superior: Adelisa González-Lugo, directora ejecutiva de la Fundación Casa Cortés.

#Cortés #Fundación #arte

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