• Mario Alegre-Barrios

Lo único triste de amarse tan inmensamente

Actualizado: 24 jun


Mis padres en el verano del 2018, la última vez que besé y abracé en persona a mi mamá.

EL PADRE DE ELLA no quería a ese muchacho como yerno: no tenía buena pinta ni futuro y ambos eran demasiado jóvenes, demasiado niños, pensaba don Gilberto, hombrón de poco más de seis pies de estatura a quien sus años como ferrocarrilero habían convertido en un ser de contrastes, curtido por una vida a bordo de trenes, entre andenes y vías, a veces severo, en ocasiones afable, siempre inflexible con la disciplina y conducta en el hogar.


Se oponía terminantemente al noviazgo entre María del Rosario —la segunda de sus hijas— y el “vago” de Mario, parte del grupo de adolescentes de las calles cercanas a la estación del tren de Buenavista, en Santa María la Ribera, una colonia de la ciudad de México, entonces de clase media en la que convivían casonas y edificios de apartamentos de cierto lustre aristócrata y vecindades, todas muy humildes, algunas con lavaderos comunales y tendederos de ropa en los techos, y otras algo más “privadas”, con apartamentos minúsculos de dos cuartos, que a la vez eran sala, comedor y recámaras.


Ambas familias vivían en la calle Mariano Azuela —antes llamada Álamo— a una cuadra de distancia, apenas separadas por la calle Salvador Díaz Mirón. El padre de Mario —llamado Mario Francisco— también era ferrocarrilero y completaba para el sustento haciendo gelatinas que repartía en bicicleta en tiendas y panaderías cercanas poco antes del amanecer. En alguna ocasión estuvo en la cárcel por su alegado apoyo al movimiento obrero que luchó por mejores condiciones de trabajo para los trabajadores ferrocarrileros, bajo el liderato de Demetrio Vallejo.


—Usted no es lo que mi hija merece, así que olvídese de ella para siempre y no la busque nunca más —, dicen que don Gilberto le advirtió al joven pretendiente al descubrir sus intenciones, no se sabe cómo, si por chisme o por haberlos visto.


Resuelto a impedir a toda costa el noviazgo del muchacho con su hija “Chayito” —diminutivo del cariñoso y coloquial “Chayo” con el que suelen referirse en México a las Rosario—, don Gilberto decidió, —junto con su esposa Agustina—, enviar a la niña de 15 años a Torreón, su ciudad natal, en el estado de Coahuila, a 1,000 kilómetros al norte del entonces llamado Distrito Federal (una 625 millas) para que se olvidara de Mario y, el chamaco, de ella. Los jóvenes no tuvieron oportunidad ni de despedirse.


A través de Esther (“La Chata”) hermana mayor de Rosario, Mario se enteró del forzado “exilio” de su amada y, con esta cómplice como celestina, ambos mantuvieron una correspondencia —se ignora cuán ardiente— de la que el tiempo borraría todo vestigio, excepto en la memoría de ambos. Convencido de que la llama se había extinguido, don Gilberto accedió al retorno de su hija a la Ciudad de México, solo para descubrir poco después que, lejos de eso, los jóvenes estaban aun más decididos a formalizar su relación.

Mi abuelo Mario, mi "tito".

Al enterarse, montó en cólera —dicen— y amenazó con volver a mandar lejos a Chayito. Desesperado, Mario le pidió a su padre que intercediera y allá fue Mario Francisco, con un “Delicado” sin filtro humeante entre los labios y sin mucha esperanza de doblegar la voluntad de su colega.


—Mire don Gilberto —dicen que don Mario le dijo— yo a usted lo entiendo, pero también entiendo a estos muchachos. Mi hijo no es lo que usted piensa. Yo respondo por él, así que es mejor que los apoyemos porque están decididos.


Nadie nunca supo qué finalmente persuadió a don Gilberto para allanarse a la voluntad de los novios y a la petición de don Mario. El trámite fue considerado petición de mano oficial y se fijó la fecha de la boda para el 26 de noviembre de ese mismo año, 1955, en la Parroquia del Espíritu Santo, en la calle Sabino, a tres cuadras de la alameda de la colonia. La novia no había cumplido aún los 17, el novio recién había llegado a los 19.

Mi mamá y mi papá, el 26 de noviembre de 1955.
'Quizás esto sea lo único que tiene de triste amarse como mis padres lo hicieron: la insoportable ausencia del otro.

Tres semanas después —días más, días menos—, recién terminada su fugaz luna de miel en San Juan de los Lagos, Jalisco, mi corazón comenzó a latir en algún lugar del vientre de María del Rosario, mi primera residencia en el mundo y posteriormente la de mis hermanos Raúl, Hugo y Rosario. Hoy, ese primer hogar de los cuatro no es otra cosa que recuerdos y estas palabras.


Las primeras imágenes que conservo de ella son nebulosas, quizá en su regazo o desde la cuna, muy difuminados y en fuga, memorias que poco a poco son algo más nítidas según crezco y me veo de su mano caminando hacia el "kinder" Juan Amos Comenio, en la calle Sor Juana Inés De la Cruz, donde daba vuelta el tranvía, a tres cuadras de la vecindad del 149 de Mariano Azuela, cuyo interior #1 fue el segundo lugar donde vivimos, ya con Raúl y Hugo en la familia,

De camino, parábamos invariablemente en casa de mis abuelos Gilberto y Agustina, ella ya en al puerta, con un paquetito con tres triángulos de chocolate “Abuelita”, durísimos en ese momento pero que a la hora del recreo ya estaban medio derretidos, al borde del embarre. Los lunes los alumnos íbamos vestidos de blanco y ese día solía haber a la entrada del jardín de niños una mujer de origen muy humilde, sentada en la acera y con su hijo de meses envuelto como tamal sobre su espalda, vendiendo rosas rojas como obsequio para las maestras, algo en lo que mi mamá me complació en más de una ocasión, aunque tuviesen empeñados en el Monte de Piedad la licuadora, la plancha o el radio, para llegar al final de la quincena. Recuerdo las boletas de esos préstamos y a mi madre hablando con mi padre para decidir qué empeñarían de lo poco que había disponible.

Ese apartamento era circular: se entraba a él desde el angosto pasillo general de la “privada” o vecindad, por un patio también pequeñísimo que conectaba, a la derecha, con una micro cocina y, al frente, con un cuarto que lo mismo era una especie de sala que la recámara apiñada en la que Raúl, Hugo y yo dormíamos —Rosario nacería ya mudados de ahí—, con un baño comunal en el que la ducha quedaba casi encima del inodoro y con un “boiler” para calentar el agua, lo mismo con “combustibles” hechos de aserrín que con papel de periódico. Enseguida, una puerta sin puerta que nos separaba de la recámara de mis padres y, de ésta, al comedor. Luego la micro cocina y, al final, el principio, el rectángulo encementado de la entrada.

Vivimos ahí alrededor de seis años, hasta 1967, lapso en el que estudié los primeros cinco grados de primaria —Raúl, tres— en “El Pensador Mexicano”, escuela solo de varones cuyo uniforme era militar, color caqui, con corbata, gorro triangular de dos picos y un “tag” con el nombre del alumno sobre el bolsillo izquierdo, cual soldaditos de plomo.

Recuerdo los apuros de mi padre y la preocupación de mi madre al inicio de cada año escolar para comprar los uniformes en Casa Jorge, una tienda que evoco enorme, en la avenida San Cosme, cerca de la Escuela Normal de Maestros y del cine Cosmos, donde vi con ellos una doble tanda con “Canción Inolvidable” (la vida de Frederick Chopin) y “Melodía Inmortal” (“The Eddy Duchin Story”) con Tyrone Power y el bellezón de Kim Novak, uno de los primeros amores de mi precoz infancia, junto con mi maestra Licha (Alicia) en el "kinder" y, en “El Pensador…”, las inolvidables pedagogas Anabelia, Carmela, Yolanda e Ivonne, en segundo, tercero cuarto y quinto grados, respectivamente. La de sexto, en otra escuela, nada que ver, Ivonne también, buena gente, pero la antítesis estética de la Ivonne del año anterior.

La familia de mi madre, ella justo al centro, con la falda a rayas, con mi hermano Raúl en brazos. A su izquierda, mi abuela Agustina, mi abuelo Gilberto y mis tías "La Chata" y Nora, con mis primos Héctor y Norma en brazos. A la derecha de mi mamá, mi tía Sara -su cuñada, embarazada de mi prima Caro-, conmigo al frente, y mi tío Gilberto, con Gilberto III en brazos.

Y en medio de ese mar de pasiones, mi madre, como la progenitora de un primogénito digamos “ejemplar” —lo digo sin arrogancia alguna, lo juro— con excelentes calificaciones y conducta intachable, que fue su orgullo —y el de mi padre, claro —, cada mes que firmaba las boletas de calificaciones llenas de “10” en todas las asignaturas y con diplomas de aprovechamiento al final de cada curso. Nunca me lo dijo directamente —no era muy expresiva en lo filial en aquellos años— pero sí la escuché presumirlo entre familiares y amistades, prestigio que quizá menguó y fue más arduo de mantener en la secundaria o superior, pero que fue compensado de alguna forma por lo deportivo, cuando Raúl y yo comenzamos a jugar beisbol de manera organizada —con grandes sacrificios económicos y de tiempo de parte de mi padre, de ella y de mi abuelo Mario— en las ligas Lindavista y Olmeca, como seleccionados en diversos torneos regionales y nacionales.

Desde la gradas, mi mamá —que formaba con mi papá una pareja de baile espectacular al ritmo de bandas como la de Glenn Miller— fue la “cheer leader” más apasionada, “incondicional” y “objetiva” que he conocido, época en la que descubrí también —y no sin cierta sorpresa— lo “florido” que podría ser su lenguaje, ante una mala jugada o una decisión adversa —siempre “injusta”, claro— de los “umpires”. Un fin de semana al mes —sábado y domingo— trabajaba en la cocina de la liga —junto con las madres del resto de las jugadores de nuestros respectivos equipos— vendiendo tortas, hamburguesas, "hot dogs", sándwiches, tacos, quesadillas y refrescos para financiar la compra de uniformes y el mantenimiento de los parques. “Chayito” la llamaban todos y así se hizo muy querida por padres —la mayoría ya fenecidos— y muchachos que ahora tienen 65 años y algunos un poco más.


En 1970 nos mudamos a la que sería nuestra primera casa propia, en Valle Dorado, en el municipio de Tlalnepantla, en las afueras del D.F., en el Estado de México, donde mis padres hicieron gran amistad con dos familias de la acera de enfrente: los señores Ruiz —doña Gloria y don Daniel— y los señores Zendejas —doña Elsa y don Guillermo— con quienes pasaban largas horas los fines de semana jugando "poker".

Siete años después —en 1977— el primogénito de mi mamá se casó y se mudó a Puerto Rico. Yo ignoraba entonces —joven al fin— que eso le rompería corazón y que nunca se acostumbraría a verme sólo de manera esporádica, una vez al año en el mejor de los casos y por no más de una o dos semanas. A mi madre y a mi padre les encantaba Puerto Rico. Vinieron por primera vez en 1978, luego en junio de 1980 y en 1983 —a conocer a sus nietos Mario y Analía— y regresaron en varias ocasiones, las últimas dos en el 2005, cuando Mario se casó, y en el 2006.

A la derecha, mi mamá con mi hermana Rosario en brazos. Al centro, desde la izquierda, Hugo, yo y Raúl, junto al primer "Volky" de la familia, frente a la casa que mi abuelo Mario construyó y en la que vivimos brevemente a finales de los años 60.

Nunca fue “mi madre”, siempre “mi mamá”. Así vivimos y nos quisimos durante los últimos 44 años, los más recientes con los beneficios de la imagen del FaceTime. Siempre preocupada, siempre amorosa, siempre “peleando” conmigo por el fútbol, ella “fan” de las “Chivas” del Guadalajara y de los “Santos” de Torreón, enemiga a muerte de las “Águilas” del América, mi equipo desde niño. La última vez que la besé y la abracé en persona fue en el verano del 2018, sin sospechar que no habría una nueva oportunidad. Por la pandemia, por el trabajo, en fin.

Mi mamá fue una apasionada fanática de los deportes, en especial del béisbol y del fútbol, tanto así que ya a sus 80 años y más mi padre le compraba el abono por satélite para ver todos los juegos de la temporada de las Ligas Mayores.

La vi por el celular el domingo pasado y la escuché por última vez este miércoles, al filo del mediodía, cuando me llamó para decirme que estaba en el hospital porque la iban a operar de emergencia por una obstrucción intestinal, pero que no era nada grave, que no me preocupara, que me llamaría por la tarde, cuando saliera, que todo iba a estar bien.

No fue así: tantas operaciones a lo largo de su vida le pasaron finalmente una factura impagable. En medio de la operación, le bajó la oxigenación, le sobrevino una hemorragia masiva tan incontrolable que los médicos ni siquiera pudieron cerrarla y la intubaron. A las 10 y media de la noche se detuvo para siempre el corazón de esa mujer en cuyo vientre el mío comenzó a latir en algún momento de diciembre de 1955.

Desde la izquierda, conmigo a la extrema derecha, mis hermanos Raúl, Hugo y Rosario, en algún momento de 1969, en una casita alquilada en "La Quebrada", en Cuautitlán, en lo que nos entregaban la que habría de ser nuestra primera casa propia, en Valle Dorado. en el Estado de México. En ese pequeño radio al lado del perro, escuchábamos la estación "Radio 6-20, la música que llegó para quedarse", y todas las noches, a las 7:30, Raúl y yo oíamos los juegos de los ºDiablos" y de los "Tigres", de la Liga Mexicana de Béisbol.

No por ser parte del orden natural —y saber que más tarde que temprano todos perdemos a nuestros padres— deja de doler con cojones.

¿Para qué escribo todo esto ahora? En verdad que no lo sé… ¿será para que no se me olvide?, ¿será para que quienes no la conocieron sepan un poco la madre “a toda madre” que ella fue?, ¿será para iluminar un poco esta tristeza que está más allá de las lágrimas?, ¿será para acompañar a mi padre en esta soledad inmensa que ahora lo abraza?

Se amaron tanto desde adolescentes, se acompañaron tanto siempre, en lo poco y en lo mucho que —como bien dice mi hermano Raúl — “el ganador” entre ambos sería el que se fuese primero porque, para que el que se quedara, el vacío sería inmensamente triste y difícil.

Quizás esto sea lo único que tiene de triste amarse como mis padres lo hicieron: la insoportable ausencia del otro. Al final, de mis dos abuelos —queridísimos e inolvidables ambos— fue mi “tito” Mario quien tuvo la razón: su hijo no lo hizo quedar mal con don Gilberto y supo amar inmensamente a su hija María del Rosario a lo largo de toda su vida.


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