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  • Foto del escritorMario Alegre-Barrios

José Félix Gómez: "Mi destino era esta universidad, la IUPI... soy gallito"

Actualizado: 10 oct 2023



DE TODOS LOS ATRIBUTOS que a José Félix Gómez se le han adherido al alma y a la piel a través de la vida, el actor, director y escritor subraya el de “gallito” —“gallo, gallo, de corazón, de Río Piedras, de la IUPI”, afirma— como parte de una relación que se remonta a los años 60 del siglo pasado, cuando el Jofe niño corría por el recinto más antiguo de la UPR en una época en la que todavía era parte de una finca y llegaba hasta la Casa del Rector —cuando don Jaime Benítez estaba al frente de este campus— para ver a su hija Margarita y luego ir con ella a una casa cercana donde había una rockola para poner discos y bailar.


Platicamos hace apenas unos días, la semana pasada, en las butacas del Teatro de la Universidad de Puerto Rico, de donde Jofe atesora varios de los momentos más memorables de su vida y en cuyo vestíbulo tendrá este miércoles 11 de octubre —a las 11:30 a.m.— un conversatorio con la actriz Idalia Pérez Garay y al actor y profesor Mario Roche, en el marco del homenaje con el que lo distingue el Instituto de Cultura Puertorriqueña al dedicarle la presente edición —la número 53— de su Festival del Teatro Internacional.


Este conversatorio —titulado “La verdadera historia de José Félix Gómez”— es organizado por el Seminario Multidisciplinario y el Departamento de Drama de la Facultad de Humanidades de la UPRRP, al igual que la exposición homónima que se despliega hasta el 31 de octubre en el vestíbulo de la Biblioteca José M. Lázaro del recinto riopedrense.


Oriundo de Humacao pero con una infancia temprana en San Lorenzo, Jofe recuerda que en este pueblo todas las mañanas —a las 7— iba a la iglesia a escuchar la misa en latín y de ahí al colegio, que caminaba todas las calles, de norte a sur, de este a oeste, en un mundo de mucha libertad, en el que todos sabían quién él era y que si algo malo hacía, se lo decían a su familia.


A los 9 años se mudó a San Juan, a Cupey en Río Piedras, y eso le cambió el mundo, algo que recuerda de manera un tanto surrealista, como si se hubiese acostado a dormir en San Lorenzo, para despertarse a no más 20 millas de distancia pero que para él fue como si se tratase de otro país.


Desde esa edad —y aun antes— Jofe quiso ser bailarín. Lo llevaban a todos los recitales de Ada Rosario, su hermana mayor, veía su felicidad y pensaba “que bien, yo también quisiera hacerlo”. Un vez le montaron un número en la academia de Ada, un cha-cha-chá que estaba de moda en los 60, “Tea for Two” y Jofe lo aprendió. Estaba en primer grado cuando preguntaron que quién deseaba participar en la graduación, y él alzó la mano. “Bailando ‘Tea for Two’, dijo. “¿Se lo puedes enseñar a una niña?, le preguntaron. ¡Claro!, respondió.


—¡Y lo bailamos!, recuerda—. MI hermana lo bailaba porque mi papá tenía una rockola con discos de 45rpm. Ella lo practicaba y de tanto verla, lo aprendí. Y desde ahí. Ya en San Juan, en la escuela elemental de la UPR, al otro lado de la Gándara, se cantaba, se corría, se bailaba y se estudiaba, y ya en la Superior empecé a embelequear, montaba, dirigía, coreografiaba.


Cuando salió de la UHS —y estimulado por sus destrezas gráficas— Jofe entró a la Escuela de Arquitectura de la IUPI, campo que, aunque le gustó bastante, nunca lo apasionó realmente. Y lo dejó, sin frustraciones y sí con un valioso acerbo de conocimientos que le serían de inmensa utilidad en su camino en el teatro, especialmente en la dirección y el diseño de escenografía.


—Lo primero que hice fue precisamente diseñar y ya como director nadie me podía vender "gato por liebre" en cuanto a la viabilidad de un diseño de escenografía —señala—. En mi casa y en mis espacios cotidianos también los vivo como me enseñaron en la Escuela de Arquitectura, donde tuve tan buenos profesores como Davis, padre; Thomas Marvel y Jorge Del Río, los tres grandes arquitectos.


—¿Y qué te hizo pensar que podrías vivir tu vida en el mundo de las artes escénicas?


Se ríe…


—Nunca me lo planteé tan responsable y claramente como con esas palabras —dice—. Sí tenía claro que para prevalecer en este ambiente tenía que hacer el trabajo que estuviese disponible, fuera técnico, creativo o de producción y así lo hice, trabajando en escenografía. Aquí se dio una muestra mundial de teatro en el que Fernando Aguilú fue su director y yo fui su asistente, corriendo de sala en sala, pintando y poniendo y quitando luces, Me gustaba y era teatro. Quizá por eso en principio me resistí tanto a la actuación. Nunca la vi como una opción y cuando comencé era un actor malo…


Y vuelve a reír…


—Mario, te soy honesto: yo enseño actuación y sé cuán malo yo era… la primera vez que me vi actuando ¡me espanté!


—Y si eras tan malo, ¿cómo fue que te dieron la oportunidad?


—Bueno, yo regresé en 1974 de estudiar dirección escénica en la Universidad de Ohio y, a la vez que me unía como profesor del Departamento de Drama de la Universidad de Puerto Rico, comencé a hacer teatro musical con un grupo en el que todos éramos nadie. Mi formación en Estados Unidos fue muy buena y regresé con la convicción de que estaba capacitado para hacer el tipo de teatro que deseaba. Poco después se dio la coyuntura de ser parte de Teatro del 60 y hacer muchas cosas que fueron memorables y otras no tanto.



De aquellos años de tránsito entre los 70 y los 80, Jofe menciona obras como “Puerto Rico fuá", "Los titingós de Juan Bobo", "Amor en el caserío", "Marat Sade", "1898", "Te juro Juana que tengo ganas" “Cyrano de Bergerac” “La Gaviota”, “¿Quién teme a Virginia Wolf?” “El beso de la mujer araña” y la que convertiría al personaje protagónico en una suerte de alter ego de Jofe: “La verdadera historia de Pedro Navaja”.


De su paso por Teatro del 60 en reiteradas colaboraciones con Idalia Pérez Garay, Jofe revela que tuvo roces con Dean Zayas, uno de los fundadores de la compañía.


—De hecho, Dean se fue de Teatro del 60 por ese motivo, ante mi posición de que yo representaba al colectivo— recuerda—. Si bien eso fue visto como un atrevimiento de parte de nosotros, los más jóvenes, contra una figura tan importante como Dean, lo que se estaba haciendo en el Sylvia Rexach (el desaparecido teatro en Puerta de Tierra) avalaba mis argumentos. Y nos fue bien, maravilloso.


Sentado en las butacas del teatro de la UPR, Jofe mira hasta el escenario y recuerda la ocasión en que por el pasillo central entró a escena como "Cyrano de Bergerac" —de Edmond Rostand—, uno de sus personajes más queridos, tanto como el Lobo de “Rocolandia 1”, obra en la que vi por primera vez a Jofe hace cerca de 40 años, una de las veces en que lleve por primera vez al teatro a Mario y Analía, mis hijos…


Al hablar de "Pedro Navaja", uno de los personajes que más prestigio le han dado y quizá por el que más se le identifica, Jofe reconoce que ‘’en los últimos años ha sido muy ingrato con ese personaje y quisiera tenerlo fuera de mi vida, porque el vínculo más reciente que tuvimos fue muy difícil, por el proceso en corte por los derechos sobre el personaje con el señor (Pablo) Cabrera”.


—Y he pensado —añade— que de qué vale que una coyuntura que fue tan importante para mí, ya no la reconozca como tal y no la quiera. No obstante, he narrado en los últimos días la anécdota del día del estreno, cuando al final mi madre subió al escenario, felicito a todos los miembros del elenco y, al abrazarme, me dijo al oído: “La obra es un éxito, todo mundo está muy bien, menos tú. Mañana es otro día”. Y ahí empecé a trabajar con más ahínco el personaje. Me tomó tiempo y me fue muy bien porque la exposición que me dio en Nueva York y Santo Domingo fue espectacular y luego, cuando presenté otros personajes, ya "Pedro Navaja" me había abierto la puerta.


Y gracias a esa fama, se atrevió a pedir obras, como “Quíntuples”, de Luis Rafael Sánchez, otro de sus trabajos más emblemáticos.


—No me lo ofrecieron, yo lo pedí —dice—. Los quintillizos Morrison son de mis personajes más queridos también y con quienes, en el proceso, tuve la oportunidad de crecer a lo largo de 26 años. Asimismo, entre mis papeles predilectos está el “George” de “¿Quién teme a Virginia Wolf?”, el ya mencionado Lobo de “Rocolandia 1”, que me ganó infinidad de fanáticas que ya son mujeres adultas, y Paulino, en “¡Ay, Carmela!”.


—¿Y cómo ves el teatro que se hace actualmente vis a vis el que se hacía antes, un teatro con contenido real y no el de esas trivialidades chapuceras —con contadísimas excepciones— que los llamados “influencers” llaman actualmente “contenido”.


—Claro es verdad, pero hay excepciones… el otro día vi a Raúl Carbonell hacer “¿Quién mató a Héctor Lavoe?” y le quedó espectacular. Raúl tampoco es un niño… cuando yo era actor principiante, admiraba a Raúl Carbonell… es un caballazo como actor. Y Denise Quiñones también estuvo muy bien.


En cuanto a su paso por la televisión, José señala que fue parte de una estrategia en la que su prioridad fue siempre el teatro.


—Sabía que para hacer lo que yo deseaba hacer, debía cultivar una imagen de una manera más visual y por eso fue que hice televisión, al principio infinidad de anuncios, como el de las baterías Ever Ready con la frase “¡Ciégalo, Toño!”.


Luego llegaron las telenovelas…


—Pero era muy malo, muy melodramático—, asevera mientras sonríe de nuevo—. Lo que pasa es que comencé a actuar porque yo era como el “partenaire” de Idalia. Súbete aquí, ponte allá, en realidad la ‘caballa’ era Idalia… hasta que pensé, “bueno, si voy a hacer esto, voy a hacerlo bien” y me puse a ver a los grandes actores de cine… Pacino, Brando, De Niro todos los buenos y aprendí mucho y también de los colegas locales que esos esos años eran grandes… Walter Rodríguez, Daniel Lugo, Pedro Juan Figueroa, Miguel Ángel Suárez… en fin.


Jofe dirigió el Departamento de Drama de la IUPI durante cerca de año y medio y también el Teatro, justamente cuando su reapertura fue obstaculizada por estudiantes, la noche del 16 de septiembre de 2006.


Con un sentimiento de impaciencia y molestia, reconoce que recientemente se ha visto en la obligación de hacer un paréntesis en sus actividades profesionales por un desperfecto en una de sus caderas, algo que pronto procederá a solucionar.


—Si estuviera con movilidad plena, no dejo de trabajar —asevera—. Voy a actuar el mes próximo en el cierre del Festival Internacional del ICP en “El tío Vania”, de Chéjov, en un papel en el que el personaje tiene gota y es hipocondriaco, así que no me debe de costar mucho trabajo. Disfruto mucho de hacer otras cosas, de escribir (fue el autor del libreto de la ópera jíbara “¿Y los pasteles?”, de la compositora Johanny Navarro) y de mi familia.


Sostiene que “Dios está por encima de todo”.


—Todo lo que yo soñé hacer en el teatro no se dio, como lo imaginé alguna vez en Estados Unidos, pero lo que finalmente ha pasado en mi vida, tanto en las artes escénicas como con mi familia, ha sido lo mejor —afirma—. Sé que logré algo como actor y si me dan un reconocimiento, es por algo, sin vanidad lo digo. He hecho de todo en el teatro con mucha dignidad y orgullo… hice teatro gay con Pantoja y también burlesco, como “Carola pelota”, con Iris Chacón y eso no me quita ni un ápice. De todo aprendí. Gracias a eso pude hacer lo que hice. En verdad he tenido una vida plena.


Asevera que a la vida no le pide nada, si acaso algo “al Dios de la vida”: que en el tiempo que le quede pueda volver a actuar, aunque no sea con la intensidad de antes.


—Hace mucho tiempo tuve una visión —cuenta—. Me vestía para hacer "Pedro Navaja". En ese entonces yo estaba soltero y me puse un aro porque el personaje estaba casado. Cuando miré la prenda, era un anillo con rubíes y diamantes todo alrededor. Lo apreté y en el mismo sueño me dije, “¡madre mía, me voy a casar!". Estaba en el tercer escalón de una escalera de madera que no tenía fin y se perdía entre la nubes. Ahora mismo recuerdo ese sueño y lo único que esperaría es que el próximo escalón en mi vida actual sea el que me siga llevando en la dirección de lo que he querido hacer… trabajar, ser un hombre bueno y con mi familia como prioridad.


La mirada de Jofe recorre una vez más el teatro y suspira.


—Aunque no creo mucho en el destino, a veces pienso que sí, que mi destino era esta universidad, la IUPI, este teatro… soy gallito, de Río Piedras –finaliza.



Fotos: Héctor Suárez de Jesús

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1 Comment


jaforna
jaforna
Oct 09, 2023

Mario, hermano me gusto mucho esta entrevista y todo lo q ha hecho Jose en su trayectoria. Muy Buena

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