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  • Foto del escritorMario Alegre-Barrios

Como náufragos, sedientos de… gasolina



Como hoy, también era martes aquel 19 de septiembre de 2017, cuando el huracán María nos cambio la vida a todos en Puerto Rico -más a unos, menos a otros- y una semana después escribí esta crónica que se publicó originalmente en El Nuevo Día. Hoy la reproduzco con el recuerdo de aquellos días todavía a flor de piel.


A LAS CINCO DE LA mañana -y sin energía eléctrica- la oscuridad es aún tan profunda que desde el expreso De Diego apenas se adivinan las siluetas de los edificios que pueblan el inicio de la avenida Roosevelt, en el área de San Patricio, mientras todos los automóviles que circulan parecen buscar lo mismo: una fila para cargar gasolina, como si fuesen seres con vida propia, autónomos, ajenos a quienes creen conducirlos cuando lo cierto es que son ellos -los vehículos- los que tienen el control de las vidas de los que van a bordo.


A una semana de la embestida del huracán María, parecería que estuviésemos viviendo un día larguísimo que comenzó a no tener fin con las primeras ráfagas ciclónicas durante la madrugada del miércoles 20 de septiembre, un solo día sin nombre, casi eterno, ahora con sol, luego con estrellas, sin jueves ni viernes, sin fin ni principio de semana, sin lunes ni martes. Un único día que se repite hasta la saciedad… denso, pesado, sofocante, impregnado de ansiedades e incertidumbres que se funden con las de los demás, definidas en su esencia por el trastoque brutal de cotidianidades, de inercias, de lugares comunes, delineadas por la subversión súbita del desordenado orden de nuestras vidas, por el disloque repentino de todo lo que solemos dar por sentado.


Esta reflexión me ronda sin pausa desde que el bramido de los vientos de María me recordó los de Hugo y también los de Georges. La reflexión me alcanza nuevamente esta madrugada, mientras sigo en mi carro a Mario -mi hijo-, ambos resignados a lo que ya es inevitable: hacer un turno y aguardar pacientemente para cargar gasolina en la estación enclavada a la entrada del centro comercial de San Patricio.


Cuando llegamos aún no comienza a clarear. Estamos ente los primeros diez de la fila, casi frente al garaje. Algunos de los conductores dormitan dentro de sus vehículos, varios conversan en la acera y otros miran absortos las pantallas de sus teléfonos celulares, quizá con señal o tal vez a la caza de ella, que bastante elusiva e inestable que está.


Al poco rato amanece, con bruma. “¡Malloooorca! ¡Coooompre su malloooorca!”, grita un hombre sudoroso, barbudo y en harapos, mientras empuja un carrito de supermercado en el que lleva, no solo la mercancía que ofrece, sino también lo que parece ser todo lo que posee en el mundo: unos tenis tan maltratados como él, un paraguas igualmente agonizante y una gorra grasienta de los Yankees de Nueva York.


“¡Freeeesca su malloooorca!”, insiste su pregón que se mezcla con el rumor de los motores de los vehículos que transitan y que -obviamente- pertenecen a una de las dos únicas categorías reales de transporte motorizado que hay en Puerto Rico en estos días: los que tienen suficiente gasolina en sus tanques para seguir circulando… y los que no, los que esperamos y los miramos desde la fila.


Nos saludamos y preguntamos lo urgente: “¿a qué hora abren?”.


“A las seis”, dice alguien.


“A las siete”, corrige un miembro de la Guardia Nacional que vive en Fajardo y que debe cargar gasolina porque la que tiene no le alcanza para regresar a su hogar. “Al menos a esa hora abrieron ayer y ya a las 9 estaba fuera, pero uno nunca sabe”.


“Yo llegué hoy a las tres y media de la mañana”, dice una sicóloga que colabora con el Centro de Operaciones de Emergencia (COE) y es la primera persona en la fila. “Me desperté sin sueño a las dos y media y dije ‘para qué voy a estar aquí sin hacer nada’. Le avisé a mi vecina y me vine para acá, no solo para cargar gasolina, sino también para comprar diésel para la planta… que comparto con varios vecinos. Es cosa de ayudarnos”.


Nos reconocemos en nuestra escasez. Como siempre, una orfandad nos llevó a la otra y también a la siguiente. A las pocas horas la carencia de energía eléctrica derivó en la del combustible y vimos en peligro la capacidad de transportarnos y de satisfacer en gran medida las necesidades básicas -y otras no tan básicas- en el hogar: recibir agua potable, conservar los alimentos, cocinarlos, encender el televisor y los acondicionadores de aire… obviedades de las que somos conscientes solo cuando nos faltan.


Efectivamente el oficial de la Guardia Nacional tiene razón: a las 7 en punto llega una patrulla y remueven los conos anaranjados que impiden la entrada a la estación. Algunos aplauden como niños en una fiesta. Y pienso en la relatividad de lo que nos da alegría: en condiciones normales, ¿quién puede decir que se siente feliz cada vez que carga gasolina? Yo no, pero…


Justamente cuando estoy a punto de unirme a la ovación, colocan de nuevo los conos: no hay gasolina para despechar. Viene, sí, pero no saben a qué hora. Se pagó el “truck” y debe llegar, dicen, pero todo puede pasar. Quizá como a las diez. Tal vez a las once. Depende de la escolta.


Y el tiempo comienza a pasar -como ha ocurrido con frecuencia a lo largo de este larguísimo día- más lentamente. Miro a mi hijo. ¿Nos vamos o nos quedamos?, le pregunto. Duda. Nos quedamos, le digo. Conversamos. Me conmueve la manera como está viviendo esta crisis; me entristece y me duele mi impotencia. El tráfico se complica, se pone pesado y solo comienza a fluir cuando el oficial de la Guardia Nacional interviene. Le voy a ayudar en la otra esquina, le comento a Mario. Ni se te ocurra, que la gente está como loca y vestido de civil te pueden atropellar, me responde.


“Ahora dicen que el ‘truck’ llega a la una”, dice un voluntario que cruzó a la estación a preguntar.


“¿A la una?, a mí me dijeron que a las tres”, dice alguien más.


Me acerco a la sicóloga del COE.


“¿Da consulta aquí, en la acera, doctora?”, le digo, mitad en broma, mitad en serio.


“Te hace falta, ¿ah?”, contesta.


“Usted, ¿se va o se queda?, le pregunto.


“Claro que me quedo, no me voy sin gasolina”, asevera con una calma envidiable, mientras comienza a caer un intenso aguacero que nos obliga a refugiarnos en el pórtico del edificio frente a la estación. Me dice que tenga fe. La miro con una media sonrisa y suspiro: eso nunca se me ha dado bien, le aseguro. Trata, me insiste.


De pronto se escuchan varios bocinazos


“¡Ves, llegó la gasolina… te lo dije, hombre de poca fe!”, me dice al mismo tiempo que aparece el “truck” precedido por su escolta. Son casi las dos de la tarde cuando comienza a descargar el combustible en los depósitos de la estación y una hora después nuestros vehículos están llenos.


Debería sentirme feliz, pero no… quizás es que aún estoy -que aún estamos- bastante aturdidos, un poco como náufragos a bordo de esta isla a la deriva que -como “brillantemente” dijo Trump- “está rodeada de agua, grandes aguas… un océano de agua”, a bordo de esta inmensa balsa de piedra que -al igual que en la de la novela de Saramago- vive un momento coyuntural en su historia, mientras imagina un destino con ansias de utopía.



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