• Mario Alegre-Barrios

Luis Alcalá del Olmo y maestros haitianos dialogan a través del tiempo


A PRINCIPIOS DE la década pasada se perpetuaron –a través del lente de la cámara de Luis Alcalá de Olmo– imágenes que parecían no ser del mundo de los vivos, sino propias de una suerte de purgatorio donde las ánimas son peregrinas entre la penitencia y la redención. 

Hace apenas unas semanas, Luis descubrió con asombro que esas fotografías tomadas en Haití guardaban sorprendentes paralelismos –sin otra explicación posible que el azar– con pinturas de artistas de ese país realizadas cuando el siglo pasado estaba aún muy lejos de concluir. 

Esa revelación enmarca el diálogo entre las imágenes de Alcalá del Olmo y las pinturas de la Colección Chocolate Cortés, conversación que desde hoy se vuelve pública como parte de la exposición “Haití aquí, a cuatro tiempos” –que  incluye también una instalación de Humberto Figueroa y un vídeo de Leah Gordon– cuya inauguración se llevará a cabo a partir de las 7 p.m. en la sede de la Fundación Casa Cortés, en el número 210, de la Calle San Francisco, en el Viejo San Juan.  

Esta exhibición –parte de una alianza entre la Fundación Casa Cortés y la Casa de los Contrafuertes– tendrá como secuela la que abrirá dentro de una semana en el segundo de los espacios mencionados, articulada por los artistas y gestores culturales Charles Juhasz-Alvarado y Ana Rosa Rivera, que incluye fotografías de José Jiménez y siete otros fotógrafos, así como pinturas, trabajos de arquitectura, diseño urbano, vídeo y objetos cotidianos.

–Mi relación con Ignacio Cortés viene desde hace muchos años, como parte de colaboraciones en distintos proyectos –explica Alcalá del Olmo–. Esta es la primera vez que cojo parte de una de mis colecciones que he presentado en diversos lugares y la uno a una de las colecciones más importantes de pintura haitiana en el Caribe. Gracias a esta idea de Ignacio, encontramos cómo crear una comunicación muy interesante entre un fotógrafo, yo en este caso, y distintos pintores que crearon estas obras mucho antes que yo tomara mis fotografías, tanto quizá como cien años.

Al hablar de las sorprendentes coincidencias entre fotografías y pinturas pese al espacio cronológico que las separa, Luis, destaca que el descubrimiento de esas similitudes lo han convencido que la convergencia hay algo más que azar.

–Al ver estas coincidencias me he dado cuenta de que el trabajo antropológico que yo había estado realizando en diversos lugares de la geografía haitiana son fuente de inspiración para cualquier tipo de artista, lo mismo un pintor que un fotógrafo, y me convencí también de que había llegado a los sitios donde debía llegar –reflexiona–. Es impresionante casi poder compararme con estos grandes pintores… fue algo muy bonito.

–¿Qué representa para ti acercarte a estas situaciones que, dentro de la tragedia, son una tentación irresistible? ¿Cómo te ha marcado artísticamente tu experiencia haitiana?

–A Haití yo lo conozco desde mucho antes del terremoto –explica–. Llegué por primera vez a Haití a finales de los 90. Siempre quise hacer un proyecto sobre peregrinos penitentes, tema que empecé en las islas Filipinas. En el proceso encontré que era algo que quería seguir haciendo en los lugares más recónditos del mundo. De Filipinas, lo continué en Etiopía, con los peregrinos penitentes de la Iglesia Ortodoxa y, cuando llegué al Caribe, lo hice con la idea muy clara de ir a Haití y hacer un proyecto sobre peregrinos penitentes del vudú. 

–¿Cómo te ha transformado este proyecto?

–Me ha cambiado muchísimo –asevera–. La exposición mía sobre Haití, “Los Espíritus en la Tierra”, me ha dado una enorme reputación internacional al presentarse en los mejores museos del mundo, en más de 37 países, y la verdad es que con ella se ha logrado romper con todo lo que está tan estereotipado sobre estos peregrinos penitentes, personas normales que, por lo que oran y se sacrifican, es por el bien de sus familias. Y la idea de hacer una exposición sobre esto era que el público que está prejuiciado sobre Haití, encuentre un pueblo lleno de bondad y de arte.

–¿Qué reflexión te provoca reencontrarte con estas obras al cabo de tanto tiempo en este contexto de diálogo con las pinturas de la Colección Chocolate Cortés, gracias a la curaduría de Ignacio Cortés? 

–Cada vez que veo estas imágenes, me quito el sombrero ante el pueblo haitiano, ante ese sacrificio, que a veces uno, por vivir en este mundo más civilizado y capitalista, se olvida de las cosas simples de la vida –explica–. Me satisface descubrir lo que yo pude sentir y desarrollar plásticamente con mi trabajo. Esto es lo que cada día me llama más la atención de todo esto, de estos pueblos tan destruidos, de estos países tan maltratados, de estos personajes que consiguen la felicidad al agarrarse de esa espiritualidad tan fervorosa.

–En tu canon artístico, ¿qué va a pasar con Haití? 

–Haití seguirá conmigo… voy mucho a allá, tengo muchas amistades en ese país. Haití estará presente siempre en mi vida. La exposición “Los Espíritus en la Tierra” se sigue moviendo.

–¿Qué fotografía nunca has hecho y te gustaría hacer?

–La de Elvis Presley… pero esa ya nunca la haré, macho –dice con una sonrisa–. La fotografía que busco es la que puede representar plenamente al alma de una persona, sus sentimientos, captar eso es mi misión. 

Fotos y vídeo: Eileen Rivera-Esquilín

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