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Somos los últimos invitados a los funerales de este quehacer humano que vive de contar

  • Foto del escritor: Mario Alegre-Barrios
    Mario Alegre-Barrios
  • 19 jun
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 3 días


JURO POR TODOS los dioses de todas la religiones del mundo que esto que estoy escribiendo justamente en este momento está siendo escrito por mí, un ser humano de 69 años, periodista desde hace casi 4 décadas, y no por un chatboot, esos bichos de la inteligencia artificial. Sé que igual podría decir alguna de las decenas de aplicaciones de AI que inundan de manera silvestre las casi infinitas avenidas del mundo cibernético, pero confío en que me crean sin tener que recurrir —como me dijo alguien muy cercano esta mañana— que si incluyo algunas faltas de ortografía, un lector agudo podría deducir con alguna certeza que hay una mano y un conciencia humanas detrás de estas palavraz. No, no  le hise cazo.

 

De la misma manera que un artículo de The New York Times sobre AI me movió el piso hace unos 15 años, esta mañana un texto en The Economist sobre el mismo tema me hizo recordar aquel episodio que derivó en una columna de opinión en El Nuevo Día

 

 Aquel artículo llevaba por título “¿Cómo sabrías si esto que lees fue escrito o no por un algoritmo?”. ¡Booom! Recuerdo que se me enfrió el café mientras leía cómo ya en esos días una cantidad enorme de lo que se difundía en los medios de comunicación era creado por algoritmos, es decir, por computadoras alimentadas por complicadísimos programas que sustituyen la tradicional imagen del periodista tecleando con frenesí sobre su laptop.

 

La nota en cuestión elaboraba lo que entonces ya se sabía y que ahora forma parte fundamental de las nuevas generaciones y buena parte de quienes —sin ser jóvenes— se han convertido en “homo digitales” in extremis: la ecuación que explica este fenómeno es simple: por un lado, el voraz apetito de contenido de la sociedad contemporánea gracias a la masificación abrumadora de los dispositivos digitales; por otro, una tecnología que se transforma casi a la velocidad de la luz.

 

El autor terminaba con un tono mordaz, casi cínico: “Pero de nuevo, ¿a quien le importa? “, decía. ¿Quién tiene tiempo de pensar en esto cuando hay tanta información para consumir todos los días?”.

 

Esta mañana, en The Economist, Will Marshall —fundador y director ejecutivo de Planet Labs PBC, una corporación de beneficio público que opera la mayor flota de satélites de observación de la Tierra del mundo— publicó un artículo que titula “La Humanidad no está lista para la explosión de inteligencia que se avecina” y elabora, como introducción, que la sociedad establece que el riesgo aceptable de una fusión catastrófica en una planta de energía nuclear es aproximadamente de una entre un millón.

 

“Los expertos en inteligencia artificial estiman que el riesgo de un evento catastrófico causado por la IA se sitúa entre un 10 % y un 50 %”, dice. “Resulta llamativo que esta preocupación sea expresada abiertamente por las mismas personas que tienen los mayores incentivos para transmitir confianza en lugar de alarma: los fundadores de los principales laboratorios de inteligencia artificial”.

 

Asimismo, establece que se anticipa que pronto las inversiones en inteligencia artificial superen en cien veces las realizadas en el Proyecto Manhattan —que culminó con la bomba atómica que puso fin a la Primera Guerra Mundial— , incluso ajustando por inflación, mientras que el gasto destinado a la seguridad de la IA podría ser cien veces menor.

 

Otro dato no menos escalofriante: algunos investigadores estiman que, en un plazo que podría ir de unos meses a unos pocos años, la IA podría alcanzar lo que se conoce como mejora recursiva autónoma de circuito cerrado (RSI, por sus siglas en inglés), que no es otra cosa que su capacidad de reescribir su propio código para volverse más capaz, sin intervención humana.

 

De suceder esto, con toda probabilidad se enfrentaría una explosión de inteligencia para la cual no existe precedente ni mapa que nos guíe.

 

Como físico, Marshall piensa que la llamada Paradoja de Fermi tiene relevancia para este análisis. “Fermi se preguntó —dice— por qué, dada la aparente abundancia de planetas aptos para la vida, no se había detectado evidencia de otras civilizaciones tecnológicamente avanzadas. Una posibilidad inquietante es que la vida inteligente alcance de forma rutinaria un umbral tecnológico que no logra superar, destruyéndose a sí misma o retrocediendo a una etapa comparable a la Edad del Hierro”.

 

Y en este punto es donde estamos —donde estoy—, tratando de imaginar lo que hasta hace unos años parecía ser algo de ciencia ficción o si acaso muy lejano: un mundo a merced de las maquinas orquestadas de manera previsiblemente infalible por la inteligencia artificial.

 

Para los mi generación y la que sigue seguramente esto sería algo sobrecogedor, quizá más allá de la capacidad de adaptación de muchos, pero al final uno acepta y sigue hasta donde se detenga la rueda, que ya vividos estamos y poca cuerda nos queda, pero… ¿y mis hijos? ¿Y mis nietos ¿Y mi esposa? ¿Y la gente joven que me importa?

 

Cada día me convenzo más de que somos los últimos invitados a los funerales de este quehacer humano que vive de contar, mientras pienso en esos entes a quienes hemos entregado lo que tanto nos define en este brevísimo suspiro de nuestro paso por el Universo.

 

Y reitero: juro por todos los diosees de todas las religiones del mundo que esto no fue escrito por una AI.

 
 
 

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