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  • Mario Alegre-Barrios

'Tosca' y la proeza de hacer ópera en Puerto Rico


UNA BREVE REFLEXIÓN antes de comentar lo que, desde mi perspectiva -muy mía, muy personal, muy subjetiva- fue la puesta en escena que Ópera de Puerto Rico nos ofreció el jueves y sábado pasados de la célebre “Tosca” -una de las emblemáticas obras del italiano Giacomo Puccini- que tenía su fecha original en octubre del año pasado y que, debido al paso del huracán María, tuvo que ser pospuesta hasta ahora.

Los textos de esta naturaleza -que intentan articular un juicio crítico sobre una determinada producción artística- no son en realidad otra cosa que los frutos de unas opiniones personalísimas de quienes tienen a su cargo esa responsabilidad en el mundo mediático, desde aquellas que se desbordan en alabanzas, hasta las que no escatiman en la descripción de desaciertos, con todos los claroscuros posibles entre unas y otras.

Lo feliz de las críticas luminosas es exactamente la razón de lo espinoso de las críticas sombrías: su permanencia en el tiempo a través de la palabra escrita y el efecto que suelen tener -para bien o para mal- en quienes participan en esos proyectos que, en la realidad de nuestro quehacer artístico, suelen ser gestas de proporciones épicas que demandan consideraciones que trascienden objetividades.

Pero reitero: quienes escribimos textos como éste, solo expresamos nuestra opinión y no una verdad universal y mucho menos objetiva.

Hacer ópera en Puerto Rico -como la que desde hace varias décadas produce Ópera de Puerto Rico, por ejemplo- es sin duda toda una proeza que ha venido escalando en proporciones desde hace varios años, con una marcada diferencia entre aquellos tiempos ya algo distantes en los que había dos producciones al año con funciones totalmente vendidas y luminarias importadas con honorarios cónsonos a ese origen, en contraste con las circunstancias que se han convertido en las normales, con solo un proyecto anual, grandes dificultades para recuperar en taquilla la inversión y elencos de estrellas -muchas de ellas boricuas- que, aunque con carreras internacionales, tienen cachés más modestos.

Reconozco que el público no tiene por qué saber esto cuando va a disfrutar -por ejemplo- de una obra como la que Ópera de Puerto Rico acaba de presentar. No, no es obligatorio que lo sepa… pero ayuda a comprender la quijotada de quienes continúan manteniendo vivo este arte en nuestras salas a pesar de todo… a pesar de la crisis fiscal, de la disminución del público operístico, de la dificultad para renovar esas audiencias… en fin, variables de una ecuación cuya complejidad jamás ha amedrentado a quienes en nuestra isla producen opera y tampoco a aquellos que la eligen como forma de vida.

Escribo ahora de la “Tosca” que presencié el sábado pasado -siempre con el telón de fondo que acabo de esbozar- una breve opinión de lo que -considero- fue un gran acierto tanto en lo vocal y musical, como -dadas la circunstancias- en lo que atañe a la producción y montaje, con una encomiable versión semi escenificada diseñada por Gilberto Valenzuela y la colaboración de Alfonsina Molinari -ambos de la mano de Lonka Álvarez-, con la orquesta sobre el escenario, algunos accesorios en vez de escenografía y el foso habilitado para la entrada y salida de varios de los personajes.

La soprano Yalí-Marie Williams dio vida a una absolutamente creíble “Floria Tosca”, no solo a través de esa voz excepcional que ha sabido mantener en óptimas condiciones a pesar de la disminución del ritmo en su agenda profesional, sino también desde la intensidad histriónica con la que navegó los diversos matices del personaje, lo mismo la enamorada diva, consumida por los celos enfermizos con los que casi asfixia al pintor “Mario Cavaradossi”, que la leona herida e indomable que enfrenta a muerte al aborrecible “Barón Scarpia”. Sin excesos, con un fraseo prístino y una brillantez vocal algo oscura, Yalí-Marie coronó su “tour de force” con una escena final tan trágica como memorable.

Por su parte, el tenor Rafael Dávila bordó un “Cavaradossi” estupendo y muy pulcro, que supo superar hábil y rápidamente los problemas de “tempi” de su “Recondita armonia” inicial -un poco apresurado, quizá- para apropiarse sin mayores problemas de un papel que se ha convertido en uno de sus más logrados, con una voz algo embarnecida por la madurez y una capacidad actoral con la que supo proyectarse muy cómodo como el atribulado artista acosado por una amante celosa que subordina su propia seguridad a la fidelidad hacia el amigo prófugo. Su “E lucevan le stelle” y sus dúos con Yalí-Marie -en especial los del primer y tercer acto, éste antes de su fusilamiento- estuvieron imbuidos, no solo de un gran dominio técnico vocal, sino también de una sólida vena interpretativa.

El villanísimo “Barón Scarpia” estuvo soberbiamente interpretado por el barítono Michael Chioldi, quien -con una voz potente y bien modulada- no se quedó a la zaga en cuanto a las demandas histriónicas del malvado jefe policiaco que urde una maquiavélica intriga para someter a los delirios de su lascivia a la desesperada “Tosca”, dispuesta a todo con tal de salvar del patíbulo a su “Cavaradossi”. Chioldi se apoderó desde el “odio” del público de buena parte del segundo acto y la atronadora ovación que recibió al final fue un justo reconocimiento a sus quilates.

Ricardo Lugo -como el “Sacristán”- demostró una vez más por qué es nuestro mejor bajo desde hace muchos años, mientras que José Ramón Torres -como “Spoleta”- sumó dignamente una nueva página a su historia como presencia casi infaltable en nuestras producciones operísticas desde hace varios lustros.

Luis Alvarado, Christian Laguna y Camila Otero estuvieron a la altura de sus papeles complementarios, como parte de un elenco en el que el coro adulto -preparado por Jo-Anne Herrero- y el Coro de Niños de San Juan -a cargo de María Alejandra Fernández- demostraron a cabalidad que la calidad coral en Puerto Rico es ya desde hace muchos años parte de nuestra tradición musical.

Y no porque la mencione al final es menos importante: la Orquesta Sinfónica de Puerto Rico respondió con empatía a la batuta del maestro Maximiano Valdés -su director titular- con un balance adecuado que -sin eclipsar jamás las voces- proyectó con elocuencia la belleza y dramatismo de esta inmortal partitura.

Y sí, hacer ópera en nuestro país como la que hace Ópera de Puerto Rico es una proeza que merece todo nuestro apoyo.

Fotos: Cortesía William Vázquez

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